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<oembed><version>1.0</version><provider_name>Poes&#xED;a de Costa Rica</provider_name><provider_url>https://poesiadecostarica.com</provider_url><title>Julia - Poes&#xED;a de Costa Rica</title><type>rich</type><width>600</width><height>338</height><html>&lt;blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="NvJNWt6hLG"&gt;&lt;a href="https://poesiadecostarica.com/2023/12/01/julia/"&gt;Julia&lt;/a&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;iframe sandbox="allow-scripts" security="restricted" src="https://poesiadecostarica.com/2023/12/01/julia/embed/#?secret=NvJNWt6hLG" width="600" height="338" title="&#x201C;Julia&#x201D; &#x2014; Poes&#xED;a de Costa Rica" data-secret="NvJNWt6hLG" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" class="wp-embedded-content"&gt;&lt;/iframe&gt;&lt;script&gt;
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Julia es una balada suave y dulce, cantada con enorme cari&#xF1;o y nostalgia, para mi gusto -insisto- invadida de un sutil arrepentimiento. La nostalgia del adi&#xF3;s, el c&#xE1;lido lamento de la despedida, el cierre de los ciclos. Im&#xE1;genes dispersas de aquella mujer legendaria, atrapada en antiguas p&#xE1;ginas de revistas&nbsp;Y diarios, brotaron de los cofres de la memoria para girar en mi imaginaci&#xF3;n, mientras&nbsp;contemplaba a esta otra Julia, sentada frente a mis ojos, delante de aquella mesa sucia y&nbsp;repleta de botellas vac&#xED;as. Un peque&#xF1;o ramo con tres rosas de p&#xE9;talos gastados, dos rojas y una blanca, descansaban a un costado de ella cumpliendo con el protocolo del cortejo como si el romance, aunque distante e impostado en aquellos escenarios de mala muerte, fuera necesario en todo momento incluso cuando&nbsp;solo se pensara en sexo, y en este caso, en sexo remunerado. Las mujeres de aquellos&nbsp;lugares dif&#xED;cilmente nos llamaban por nuestros nombres. Hab&#xED;a que convertirse en un&nbsp;cliente realmente fijo de ellas, como para gozar de un trato preferencial cuando al&nbsp;dirigirse a cada uno de nosotros lo hicieran por nuestro nombre de pila, como en su&nbsp;momento lo hicieran nuestras madres, hermanas, amigas, esposas y tambi&#xE9;n las amantes. Porque una puta no es una amante, una puta es un ave de paso, aunque la visitemos en&nbsp;m&#xFA;ltiples ocasiones ser&#xE1; siempre una aventura transitoria. Generalmente, en aquellos&nbsp;lugares todos los visitantes masculinos ten&#xED;amos tres o cuatro nombres que aquellas&nbsp;mujeres rotaban a placer o, a veces con la intenci&#xF3;n de cerrar el trato, hacernos sentir&nbsp;especialmente atendidos y llevarnos a la habitaci&#xF3;n. En aquellos salones todos nos&nbsp;llam&#xE1;bamos: Mi amor, Coraz&#xF3;n, Beb&#xE9; o Cari&#xF1;o. Me gustaba que me llamaran de las cuatro&nbsp;formas, pues todos los que est&#xE1;bamos all&#xED; &#xE9;ramos la misma persona para ellas, el mismo&nbsp;macho cabr&#xED;o buscando desahogarse sobre un poco de carne invadida de gemidos, no&nbsp;importaba si falsos o realmente sentidos. Llamarlos mediante aquellos nombres &#x2013;estaba comprobado- hac&#xED;a picar m&#xE1;s r&#xE1;pidamente a los hombres, quienes se sent&#xED;an&nbsp;apreciados. Un Lupanar es un lugar de paso, un sitio al que nos asomamos para olvidarnos&nbsp;de nosotros mismos por un instante y convertirnos en animales fornicarios que&nbsp;encuentran en el sexo estrictamente org&#xE1;smico la &#xFA;nica capacidad de afirmaci&#xF3;n. Por eso,&nbsp;que de pronto aquella figura sombr&#xED;a y semidesnuda que estaba frente a nosotros,&nbsp;olorosa a perfume rancio, abriera sus labios enrojecidos y se dirigiera a nosotros de&nbsp;manera cari&#xF1;osa, nos convenc&#xED;a de que est&#xE1;bamos ante la pareja perfecta para celebrar el&nbsp;coito y con ello cerrar el pacto de la uni&#xF3;n de los opuestos. Los lupanares eran el ombligo&nbsp;del mundo, all&#xED; conflu&#xED;an todos los universos posibles gracias al encanto de la uni&#xF3;n entre&nbsp;los opuestos. Aparte de su nombre, reitero que no encontraba ning&#xFA;n parecido entre la Julia materna que habitaba en los desvanes de mi memoria, que hab&#xED;a sido capaz de dar a luz a un genial compositor, quien luego la inmortalizara en una l&#xED;rica canci&#xF3;n y aquella otra mujer de edad imprecisa que sentada frente m&#xED; dec&#xED;a llamarse Julia; como pudo haberme dicho Jocelyn o Alanis o Genesis. Aquellas mujeres de los lupanares desprovistas de todo brillo,como las rosas que yac&#xED;an inertes sobre la mesa, pod&#xED;an llamarse de cualquier manera. Muchas incluso ya hab&#xED;an olvidado sus verdaderos nombres y adoptado otras identidades, de la misma forma que haciendo esfuerzos por lucir distintas y as&#xED; disimular el rutinario desgaste de sus cuerpos, hab&#xED;an logrado borrarse a s&#xED; mismas, convirti&#xE9;ndose en mercaderes de lujuria. Silenciosas, cautelosas, hablando poco y, generalmente,respondiendo con monos&#xED;labos. Lo que ofrec&#xED;an era lo que estaba a la vista, m&#xE1;s all&#xE1; de eso no hab&#xED;a nada m&#xE1;s, el truco estaba completo frente a nuestros ojos; pod&#xED;amos escoger el servicio b&#xE1;sico que consist&#xED;a en sexo con protecci&#xF3;n, sin besos, ni arrumacos por 30 minutos o bien el mismo paquete y un masaje relajante durante 60 minutos. Carec&#xED;amos de tema de conversaci&#xF3;n, sentados el uno frente al otro, sumidos en un&nbsp;silencio ritual que escasamente romp&#xED;amos con trivialidades, mientras apur&#xE1;bamos un&nbsp;trago, para luego regresar al silencio. Nos contempl&#xE1;bamos y nos consum&#xED;amos con la&nbsp;mirada, pero no nos dec&#xED;amos mucho. El ni&#xF1;o que temprano vino hasta nuestra mesa a&nbsp;ofrecer las tres flores que descansaban a su lado, se hab&#xED;a arrinconado en un extremo de&nbsp;la barra y desde all&#xED; observaba el movimiento del sal&#xF3;n. Segu&#xED;a con la mirada a las mujeres&nbsp;que se pon&#xED;an de pie y acomod&#xE1;ndose sus cortos vestidos pegados al cuerpo se dirig&#xED;an&nbsp;haciendo equilibrio con sus puntiagudos tacones aguja hacia la parte trasera del lupanar,&nbsp;donde quedaban las habitaciones. Ellas eran seguidas por sus clientes que cabizbajos y en&nbsp;silencio trataban de no llamar demasiado la atenci&#xF3;n en su ruta hacia aquellos colchones&nbsp;de espuma manchados de semen donde se revolcar&#xED;an con sus cortesanas durante 30 0 60&nbsp;minutos. Una vez que las mesas iban quedando vac&#xED;as y antes de que la salonera se&nbsp;acercara a limpiarlas, el ni&#xF1;o se lanzaba veloz y recog&#xED;a los ramos de rosas que aquellas&nbsp;mujeres dejaban deliberadamente desatendidos sobre la mesa, para que &#xE9;l pudiera&nbsp;nuevamente acercarse hasta donde los clientes reci&#xE9;n llegados comenzaban el cortejo&nbsp;combinado con acuerdo comercial, cortejo que precisamente comenzaba muchas veces&nbsp;cuando el ni&#xF1;o hac&#xED;a su entrada en la mesa y ofrec&#xED;a su ramo a la mujer, quien lo tomaba&nbsp;en sus manos, llev&#xE1;ndoselo delicadamente hasta su nariz para olerlo mientras suspiraba,&nbsp;observando al Beb&#xE9; que ten&#xED;a frente a ella, suplic&#xE1;ndole con la mirada que se lo comprara. El gesto, aunque bien intencionado resultaba macabro a la vista, aquellas mujeres no eran&nbsp;capaces de percibir otro aroma m&#xE1;s que el de la podredumbreRead More &raquo;</description></oembed>
