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La guillotina del adjetivo

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Nabokov no necesitaba un ensayo para demoler una reputación: le bastaban dos adjetivos bien afilados. Ante su mirada, el panteón literario dejaba de ser templo y se convertía en cadalso.
Nabokov no necesitaba un ensayo para demoler una reputación: le bastaban dos adjetivos bien afilados. Ante su mirada, el panteón literario dejaba de ser templo y se convertía en cadalso.

Existe una comodidad adormecedora en el panteón literario. Aceptar la tradición, con su reparto de coronas y su distribución de altares, funciona como un pacto de paz intelectual: si la academia y el tiempo han consagrado a un autor, cuestionarlo parece un sacrilegio o, peor todavía, una indiscreción. La cultura dominante se alimenta de esa liturgia: los mismos nombres, las mismas reverencias, las mismas genuflexiones transmitidas de una generación a otra.

Por eso, cuando una mente como la de Vladimir Nabokov irrumpe en el templo y lanza sus dardos, la ceremonia queda interrumpida. Su gesto no es el del crítico que argumenta pacientemente, con minuciosidad de entomólogo; es el del verdugo estético que opera con la velocidad del rayo. Le bastan uno o dos adjetivos para decapitar reputaciones monumentales. Llamar a Thomas Mann «charlatán» o decretar la «miserable mediocridad» de Saul Bellow no constituye una invitación al debate: es una ejecución sumaria, un acto de soberanía crítica que deja momentáneamente sin oxígeno a la ortodoxia.

Desde su propia estatua, Nabokov mira la literatura y lanza dardos potentes contra autores consagrados por la crítica y la tradición.

T. S. Eliot queda reducido a escritor «desagradable y de segunda fila»; Paul Bowles, a un autor «carente de talento». Pero quizá el golpe más cargado de ironía sea el dirigido contra Ezra Pound: «un venerable impostor». Venerable reconoce la estatua; impostor la derriba. Y la expresión adquiere una resonancia que rebasa lo literario: Pound no solo ocupó un pedestal central en la poesía del siglo XX, sino que puso su voz al servicio del fascismo italiano mediante emisiones radiofónicas, fue acusado de traición en Estados Unidos y terminó recluido durante más de doce años en un hospital psiquiátrico, declarado incapaz de afrontar un juicio. Su importancia en la renovación de la poesía moderna es indiscutible; su elevación a figura sacerdotal, bastante menos.

Como “venerable impostor”, califica Nabokov al poeta estadounidense Ezra Pound

Este desparpajo produce un escozor profundo, una mezcla de fascinación, temor y resistencia. Al ver caer las estatuas con tanta facilidad, irrumpe la duda y, casi de inmediato, el rechazo defensivo. Nos inquieta el vacío dejado por el ídolo roto, pero quizá nos perturbe todavía más la posibilidad de que Nabokov haya pronunciado en voz alta alguna sospecha nuestra, esa que callábamos por temor a desafiar el juicio universal.

Sin embargo, tampoco debemos sustituir un culto por otro. Que Nabokov poseyera una inteligencia estética extraordinaria no convierte cada uno de sus desprecios en una verdad revelada. Sus fulminaciones contienen lucidez, pero también gusto personal, rivalidad, humor, vanidad y capricho. La libertad del gran escritor consiste en poder decir «impostor» donde todos dicen «maestro»; la libertad del lector consiste en no aceptar dócilmente ninguno de los dos veredictos. Nabokov no demuestra que el canon sea falso. Demuestra algo más inquietante: que no es un suelo sagrado, sino una construcción humana, vulnerable al tiempo, a la relectura y a la mirada soberana de quien se niega a arrodillarse. Su adjetivo no siempre dicta justicia, pero abre una grieta. Y por esa grieta vuelve a entrar el pensamiento

2 thoughts on “La guillotina del adjetivo”

  1. Cristián Marcelo Sánchez Cascante

    Bellísimo artículo, para mí Nabokov es un maestro mediocre, su Lolita pudo ser un cuento, y así ahorrarle al lector el montón de descripciones insufribles.

    1. Gracias, Cristian. Acabás de aplicarle a Nabokov su propia guillotina adjetival, y eso confirma el sentido del artículo: ninguna estatua literaria está a salvo.
      «Maestro mediocre» es una decapitación eficaz, aunque paradójica. Discrepo, sin embargo, en que Lolita pudiera haber sido un cuento. Esas descripciones pueden resultarte insufribles —ese es un derecho soberano del lector—, pero no son simple gordura narrativa ni complacencia gratuita: constituyen la voz con que Humbert intenta embellecer su violencia, seducirnos y ocultar a Dolores detrás de la criatura verbal que llama Lolita.
      Al reducir la novela a su argumento, ciertamente cabría en pocas páginas; pero también se desmontaría su mecanismo esencial. El horror no reside únicamente en lo que Humbert cuenta, sino en la belleza con que pretende obligarnos a contemplarlo. Nabokov puede resultar exasperante; mediocre, me cuesta mucho concederlo.

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