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Lord Byron y el derecho de los muertos a seguir hablando

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Hace más de dos siglos murió George Gordon Byron y, como suele ocurrir con ciertos muertos incómodos, todavía no termina de quedarse callado.
Hace más de dos siglos murió George Gordon Byron y, como suele ocurrir con ciertos muertos incómodos, todavía no termina de quedarse callado.

Algunos cadáveres obedecen: se acomodan en su siglo, aceptan el mármol, permiten que una placa resuma su paso por el planeta. Otros siguen respirando desde los libros, contradiciendo nuestras certezas, incomodando nuestra necesidad de convertir a los seres humanos en santos o demonios. Byron pertenece a esa segunda especie de difuntos.

Excesivo, apasionado, oscuro, vital, curioso, contradictorio, atormentado y temerario, George Gordon Byron (Londres, 1788-Mesolongi, 1824) murió mientras afuera rugía una tormenta, casi como si la naturaleza hubiera decidido organizar una escenografía adecuada para despedir al poeta romántico más famoso de la historia.

El aristócrata llevaba más de un año instalado en la ciudad griega de Mesolongi apoyando la lucha por la independencia de Grecia del Imperio Otomano. Había financiado tropas, entregado recursos personales y convertido aquella causa en una de sus últimas pasiones.

En su despedida definitiva del planeta, sin embargo, hubo menos épica que fragilidad humana. La causa más probable de su muerte estuvo relacionada con una infección agravada por los tratamientos médicos de la época, incluyendo las numerosas sangrías practicadas para intentar controlar sus fiebres.

La leyenda quería un final heroico. La biología escribió otra cosa. Tal vez esa tensión resume bien a Byron: siempre moviéndose entre el mito y la carne.

Sus extravagancias ayudaron a construir el personaje. Las mascotas y las pistolas estuvieron entre sus muchas debilidades. En Trinity College, Cambridge, llegó a tener un oso de mascota, para esquivar la prohibición de mantener perros. Después, en los distintos lugares donde vivió, especialmente durante sus años italianos, estuvo rodeado por una fauna improbable donde convivieron monos, aves, perros y otros animales que parecían formar parte de una corte diseñada para un aristócrata incapaz de aceptar demasiadas reglas.

Pero reducir a Byron al excéntrico del oso sería demasiado sencillo. Tampoco alcanza con encerrarlo en sus sombras. Su biografía incluye episodios complejos, dolorosos y profundamente discutidos: relaciones destructivas, escándalos amorosos, una posible relación incestuosa con Augusta Leigh, su hermana por parte de padre, una sexualidad que desafió las normas de su tiempo y una relación distante y problemática con su hija Allegra, marcada por decisiones paternas cuestionables y por la tragedia de su muerte siendo apenas una niña.

Nada de eso desaparece porque escribiera grandes versos. Pero sus versos tampoco desaparecen por eso. Tal vez esa sea la verdadera incomodidad de ciertos artistas: no nos permiten la tranquilidad de una sola respuesta.

La tentación de cada época es fabricar tribunales retrospectivos donde los muertos puedan ser ordenados con facilidad: inocentes o culpables, admirables o despreciables. Pero la literatura rara vez habita territorios tan limpios.

Byron fue capaz de luchar por la libertad de un pueblo extranjero mientras era prisionero de sus propios excesos. Fue generoso y egoísta, brillante y cruel, seductor y vulnerable, dueño de una inteligencia extraordinaria y de contradicciones igualmente enormes.

No fue un santo extraviado entre poetas. Fue algo mucho más incómodo: un ser humano.

Fiona MacCarthy, en su monumental biografía Byron: vida y leyenda, reconstruye precisamente esa existencia imposible de reducir a una caricatura. Aparecen allí el niño criado en Escocia con una malformación en un pie, las dificultades económicas familiares, el heredero inesperado de la abadía de Newstead, el estudiante de Harrow y Cambridge, el viajero incansable por Europa y también el hombre perseguido por sus propios impulsos.

MacCarthy también exploró con mayor apertura aspectos durante mucho tiempo tratados con prudencia o silencio: los abusos sufridos durante su infancia, su relación con Augusta Leigh, sus vínculos afectivos y sexuales con hombres en una época donde aquello podía significar la destrucción social e incluso la muerte legal.

En Byron todo parecía construido desde la paradoja: introvertido y exhibicionista, frágil y arrogante, divertido y melancólico, derrochador y mezquino, dueño de una inteligencia deslumbrante y de una capacidad casi profesional para complicarse la existencia. Quizás por eso sigue interesándonos. Porque nunca logró convertirse en estatua.

Pero detrás del personaje Byron —del aristócrata escandaloso, del amante imposible, del viajero perseguido por rumores y pasiones— existía otro combate menos visible: el del escritor tratando de sobrevivir a su propia leyenda.

Porque antes de convertirse en una de las voces más reconocibles del romanticismo europeo, Byron fue también un autor en búsqueda de sí mismo.

Sus primeros pasos literarios estaban todavía fuertemente ligados a la tradición del siglo XVIII, a la dicción heredada de Pope, Dryden y Gray. Una tradición elegante y poderosa, pero contra la cual Wordsworth y Coleridge comenzarían a levantar otra sensibilidad: menos interesada en la forma heredada y más preocupada por las fracturas del individuo frente al mundo.

El joven Byron todavía imitaba más de lo que revelaba. Su imaginario exótico y sus pasiones desbordadas debían mucho al espíritu narrativo de Walter Scott. Tenía todos los elementos para convertirse en una figura brillante de su época y, sin embargo, desaparecer lentamente cuando esa época dejara de reconocer sus propios decorados.

Pero ocurrió algo más interesante. El poeta que parecía destinado a vivir atrapado dentro de una máscara comenzó a destruirla desde dentro. En sus diarios, cartas y memorias apareció otro Byron: más irónico, más brutalmente consciente de sí mismo, menos interesado en representar el papel que el público esperaba de él. El hombre que había construido un personaje empezó a buscar una voz capaz de escapar del personaje.

“Separar mi yo de mí (¡oh, esa maldita egolatría!) ha sido siempre mi único, mi absoluto, mi más sincero motivo para dedicarme a la literatura”, escribió. Quizás ahí comienza el Byron verdaderamente moderno.

No en el exceso, no en los amantes, no en las tormentas ni en los animales imposibles recorriendo sus habitaciones, sino en esa intuición feroz: comprender que escribir no siempre consiste en exhibir el yo, sino muchas veces en enfrentarlo.

Curiosa advertencia para nuestros tiempos, donde con frecuencia confundimos confesión con profundidad y exposición con verdad. Byron parecía sospechar que la literatura no empieza cuando el escritor se mira en un espejo, sino cuando tiene el valor de romperlo.

Mientras Wordsworth buscaba una elevación casi sagrada en el diálogo entre la conciencia y la naturaleza, Byron eligió otro camino: bajar lo sublime de su pedestal, burlarse de las solemnidades humanas y descubrir poesía también en nuestras contradicciones.

Su gran personaje terminó siendo justamente aquello que intentaba ocultar: la comedia imperfecta de estar vivos.

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