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El culto al autor

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Flaubert quiso desaparecer detrás de sus libros. Nosotros preferimos levantarle una estatua. Una reflexión sobre la persistente necesidad de buscar al autor cuando la obra ya debería bastarnos.
Leemos novelas, poemas y ensayos; pero terminamos coleccionando rostros, firmas y reliquias. ¿Por qué nos cuesta tanto creer que una obra pueda sostenerse sin el peso de su autor?

Pocas paradojas resultan tan reveladoras como la de Gustave Flaubert. Fue uno de los enemigos más declarados del culto al escritor. Insistió durante toda su vida en que lo importante no era el autor sino la obra; que el escritor debía desaparecer detrás de sus páginas y dejar que el texto existiera por sí mismo, libre de biografías, simpatías o idolatrías.

Sin embargo, apenas murió, su ciudad natal levantó un monumento en su honor. Difícil imaginar un homenaje que hubiera rechazado con mayor convicción. La estatua terminó imponiéndose sobre la voluntad del hombre que había dedicado su vida precisamente a evitar esa clase de veneración. Y, sin embargo, seguimos desobedeciendo.

Nos atrae la imagen, el rostro, la firma. El noventa y tres por ciento de cobre de una estatua, un mechón de cabello, un pedazo de ropa, una pipa, un escritorio. ¿Por qué las reliquias ejercen semejante fascinación? ¿No nos basta la literatura? ¿Creemos, en el fondo, que los restos materiales contienen una verdad que las palabras no alcanzan a revelar?

Cuando murió Robert Louis Stevenson, su antigua niñera comenzó a vender discretamente mechones de cabello que, aseguraba, había cortado de la cabeza del escritor cuarenta años antes. Los admiradores compraron suficiente pelo como para rellenar un sofá. La anécdota resulta extravagante, pero revela una vieja inclinación humana: convertir al escritor en reliquia cuando lo único verdaderamente irrepetible era su imaginación.

Poeta Robert Louis Stevenson

Existen, desde luego, casos que parecen desafiar esta separación. Jorge Luis Borges era, en cierto sentido, un personaje de ficción creado por sí mismo. Su literatura fascinaba, pero también lo hacía su conversación. La ceguera parecía intensificar el resplandor de su inteligencia y cada conferencia se convertía en un acontecimiento literario. En Borges convivían dos obras paralelas: la escrita y la oral. Pero incluso allí conviene distinguir entre la literatura y el hombre que la pronunciaba. El hechizo de la voz no sustituye el valor de los libros.

Poeta y narrador argentino Jorge Luis Borges

Quizá la pregunta de fondo sea otra. ¿Por qué seguimos tan obstinadamente al autor cuando aquello que lo volvió indispensable fue, precisamente, su obra? ¿Qué buscamos en su rostro que no hayamos encontrado ya en sus páginas? Tal vez desconfiemos de que la literatura pueda sostenerse sola. Tal vez necesitemos creer que detrás de cada gran libro existe una presencia física que garantice su autenticidad.

En el fondo, la literatura no parece tan distinta de la religión. También fabrica reliquias. Mientras unos besan una medalla con el rostro de Padre Pío y la llevan junto al corazón, otros peregrinan hasta la casa de Gustave Flaubert, buscan la pluma de Jorge Luis Borges o compran un supuesto mechón de Robert Louis Stevenson. Cambian los altares, pero no el impulso.

Quizá nunca dejamos de fabricar santos. Lo único que cambia es el gremio al que pertenecen. Unos escribieron evangelios; otros, novelas. Y nosotros seguimos convencidos de que una parte de su misterio permanece atrapada en un bastón, una pipa, una bufanda, una fotografía… o un mechón de cabello.

2 thoughts on “El culto al autor”

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