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El secreto perfecto de Alfonso Chase

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Esta mañana, despierto pensando en Alfonso Chase y deseándole una pronta recuperación. Comparto esta lectura de Secretos perfectos, escrita hace algunos años desde la inevitable imperfección de mi escritura y la admiración intacta por su poesía.
Esta mañana, despierto pensando en Alfonso Chase y deseándole una pronta recuperación. Comparto esta lectura de Secretos perfectos, escrita hace algunos años desde la inevitable imperfección de mi escritura y la admiración intacta por su poesía.

Alfonso Chase es poeta, un gran poeta. Después fue narrador, ensayista, activista cultural, profesor universitario, visitante de tumbas de próceres y amigo de escritores jóvenes. Se dejó querer y cultivó odios que todavía lo sobreviven. Pero sigue siendo, esencialmente, poeta. Ese es su secreto perfecto.

Tiene la costumbre de no abrir la puerta, aunque los nudillos se hagan sangre de tanto golpearla. Responde a quien le da la gana. Incluso puede aceptar que uno lo visite y luego no estar en su Castalia, dejándonos plantados, muertos de cólera y sin explicación alguna. Pero es un gran poeta y uno regresa siempre a buscarlo: a beber de su sabiduría cuando la cólera se aplaca y la aceptación de su temperamento se convierte en una de las condiciones necesarias para seguirle el pulso, compartir un café o agradecerle algún libro que nos ha obsequiado.

Cuando finalmente permite que ingresemos en su universo personal, es generoso con el conocimiento. Por alguna secreta razón que desconozco, siempre me ha dado el libro correcto en el momento en que más lo necesitaba.

Portada del libro Secretos perfectos

Lo conocí cuando mi adolescencia tocaba a su fin. Por las noches, mientras conversaba con mis amigos rockeros, lo veía bajar del autobús de Hatillo en los linderos de las avenidas primera y segunda y caminar con calma hacia su casa familiar. Había pasado el día en su Castalia: siempre Castalia. Solía llevar un par de libros y un cuaderno de notas. Vestía con una elegancia casual: pantalones negros de tergal con vivos en los ruedos y camisas blancas de aire hindú. Tenía la piel aceitunada y aquella barba tan personal que llevó desde muy joven, siempre sin bigote.

A veces se detenía junto al poyo donde nos reuníamos. Nos hacía algún comentario, nos recomendaba una lectura y nos observaba. Siempre me intrigó su manera de mirarnos.

Eran los tiempos de Los reinos de mi mundo y Cuerpos; los tiempos de su mejor poesía, al menos para mi gusto de pequeño burgués no propietario, como se decía en aquellos años maravillosos entre el ácido, la psicodelia y Lobsang Rampa.

Ahora, ya grandes ambos, vuelvo a encontrarme con una antología de su poesía amorosa publicada por la EUNED y titulada Secretos perfectos. En este recorrido de treinta años por su obra, Chase reúne los poemas que, a su juicio, mejor revelan su oficio: construir puentes, extender las manos, asesinar esperanzas y fundar nuevas realidades. Todo ello mediante una labor sólida con el lenguaje, capaz de adentrarse en las cavernas de las emociones y los sueños. Su poesía transita entre el amor y el destierro, entre la espiritualidad y la búsqueda del otro, ese otro que a veces pareciera no encontrarse en ninguna parte, salvo dentro de nosotros mismos.

En compañia de Alfonso Chase y el narrador Jorge Méndez-Limbrick en noviembre del 2018 durante la presentación de mi libro de relatos “La reina del ácido”, también publicado por la EUNED.

Chase es un estilista. Posee la sencillez que solo alcanzan quienes dominan profundamente la forma y pueden ocultar el esfuerzo. Así despliega su poesía ante este fraile que continúa siendo joven y soñador frente a una escritura conmovedora, seductora y vigilante.

No me canso de leerlo. Hay poemas que yo no habría escogido para esta antología, pero su ausencia posible queda compensada por otros a los que regreso muchas veces y que se graban en el ojo de la memoria. Levanto la vista de la página y continúo contemplando sus imágenes, escuchando esa música que unas veces susurra y otras, grita.

En “A quien buscare el corazón en los lugares”, escribe:

“De los temores, los exorcismos, los pecados y las excomuniones
me río, cuando desnudo, el cuerpo, es la afirmación más hermosa de que Dios existe”.

Es una declaración confesional de su credo: deja de lado la institucionalidad y convierte el asombro en principio de la fe. Así avanzamos por el libro, leyendo y descubriendo cómo el poeta derriba instituciones e ideologías para quedarse con la sencillez de las ceremonias esenciales. En “Cuerpo nocturno” dice:

“Cantar el cuerpo
es recobrar las manos y extenderlas
para cubrir con ellas las ciudades”.

El amor y el descubrimiento son los motores de este poeta y acaso de todos aquellos que, mediante una búsqueda incesante, fundan otras realidades. Chase lo hace con la sencillez de los maestros: la de quien controla la forma y domina la palabra sin obligarla a exhibir sus mecanismos.

Por eso me inclino ante verdades como esta:

“Digamos que en la noche de tu rostro
he descubierto al pueblo.
En el escondido pliegue
de tu frente se paseaba el olor de los lirios
apenas reventados y la lluvia crecía por tus ojos”.

El poema está dedicado a Habib Succar, pero podría dirigirse a cualquiera a quien Chase hubiera abierto la puerta de su alma para celebrar la amistad y descubrir en ella a los demás:

“Supongo que encuentro en ti a mi pueblo,
porque en tu voz descubro esa vocación de campana
de las gentes y en tus manos estalla el pan
y en la alegría de tus dedos la vida es útil y limpia
y amorosa hasta el fondo del vientre”.

Su poesía es confesional, sincera y directa; también sugerente, simbólica, metafórica y evasiva. Así deben de ser los secretos perfectos: verdades que apenas pueden atisbarse y que solo los grandes poetas consiguen compartir sin despojarlas de su misterio.

El poeta Alfonso Chase conversa con sus lectores durante una visita que hizo a Orotina, invitado por el joven escritor Leo Cruz

Invito a leer este libro y a celebrar el milagro de la poesía. En tiempos de mucho ruido y de demasiadas atrocidades con pretensiones líricas, Secretos perfectos reafirma una esperanza: la poesía continúa viva. La verdadera acaso mantenga un perfil bajo, lejos de las cofradías, los banquetes y los aplausos convenientes, pero sigue aguardando en la página a quien se acerque dispuesto a escucharla.

Gracias, Chase, por compartir tus secretos. No podían ser revelados de otra manera: necesitaban la lectura personal, la comunión íntima con la palabra.

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