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Cuando la tontería organiza la conversación

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Una reflexión sobre el deterioro del criterio en una época que premia la apariencia, amplifica la torpeza y convierte el ruido en autoridad. Cuando pensar deja de ser indispensable, hasta la incompetencia puede presentarse como liderazgo.

Acaba de publicarse en España Tontocracia. En busca de la sensatez perdida, ensayo de Santiago Ávila editado por Vergara. Doctor en Economía, profesor universitario, militar de carrera y antiguo directivo empresarial, Ávila examina una sociedad que ha comenzado a premiar la apariencia sobre el conocimiento, el ruido sobre la reflexión y la mediocridad sobre la excelencia.

Su tesis no atribuye toda la responsabilidad a quienes ocupan posiciones de poder. También señala a una sociedad que ha dejado de valorar el esfuerzo, la honestidad y el pensamiento crítico para entregarse a la comodidad de las respuestas fáciles. La información abunda, pero escasea la capacidad para ordenarla, interpretarla y convertirla en conocimiento. Las redes sociales y la inteligencia artificial no han creado este deterioro: lo amplifican y le conceden una resonancia antes inimaginable.

Ávila observa, además, que empresas, instituciones y organizaciones suelen preferir personas obedientes antes que individuos brillantes capaces de cuestionarlas. En política sucede algo semejante: muchos dirigentes ya no procuran elevar el nivel de la sociedad, sino descubrir hacia dónde sopla la corriente para instalarse en ella, simular que la conducen y cosechar adhesiones. Importan la imagen, la reacción inmediata y los likes, aunque la calidad de las ideas y del pensamiento termine resultando secundaria.

La propuesta es pertinente e invita a extender el análisis hacia ciertas expresiones políticas y civiles de este lado del Atlántico. Aquí la tontocracia no solo recompensa al mediocre o al obediente: también puede convertir la incompetencia lingüística en una modalidad de liderazgo. La falta de precisión se disimula con grandilocuencia; la confusión, con énfasis; y la ausencia de pensamiento, con frases atravesadas pronunciadas como si fueran revelaciones. No se domina el idioma, pero se lo hace desfilar.

El problema no consiste en que una persona se equivoque al hablar. Todos lo hacemos. Comienza cuando la equivocación deja de ser excepcional, revela dificultades para organizar el pensamiento y, pese a ello, no debilita políticamente a quien la comete. Por el contrario, puede fortalecer su relación con una población que confunde espontaneidad con autenticidad, vulgaridad con cercanía y desconocimiento con rebeldía frente a las élites.

En Costa Rica hemos visto cómo ciertas declaraciones presidenciales sobre asuntos gravísimos —el narcotráfico, el sicariato o la muerte de jóvenes— contienen expresiones desafortunadas que las redes convierten inmediatamente en memes. Durante unas horas o varios días, el país se divierte, castiga verbalmente a quien habló y obtiene una pequeña sensación de revancha. Entretanto, el problema original desaparece detrás del espectáculo.

No vivimos únicamente bajo el gobierno de quienes pierden el criterio, sino dentro de una sociedad que ha dejado de exigirlo. El poder improvisa una frase, las redes la convierten en meme y la ciudadanía obtiene unos minutos de venganza verbal. Todos participan del espectáculo; nadie profundiza en el problema. La torpeza deja entonces de ser un accidente del discurso y pasa a dirigir la conversación pública.

Tampoco se trata de humillar, ofender ni sentirnos intelectualmente superiores. Se trata de advertir el divorcio creciente entre las acciones y el criterio, entre la palabra y el pensamiento, entre la autoridad que se representa y la capacidad necesaria para ejercerla. Ávila diagnostica la pérdida de la sensatez; nuestra realidad permite observar algo todavía más inquietante: la pérdida del lenguaje necesario para reconocer que la sensatez se ha perdido.

Fuente: Entrevista con Santiago Ávila publicada por El País.

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