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Literatura y realidad

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La libertad con que el escritor construye sus universos narrativos contrasta con los límites que le impone su propia existencia. Entre la soberanía de la imaginación y la resistencia de la realidad se abre un territorio de contradicciones, donde la literatura no siempre consigue reconciliar al creador con el mundo que habita.

Que los personajes de tu narrativa dibujen escenarios conceptuales, construyan universos atrevidos y novedosos, donde la moral sirva de alfombra a los pasos de la crítica más lúcida, no significa necesariamente que tu pensamiento, como escritor inmerso en una realidad social determinada, posea el mismo valor o alcance.

Puede que tus personajes reflejen tus inquietudes, tus convicciones e incluso tus aspiraciones más profundas, pero eso no significa que encarnes en tu propia existencia la moral que les atribuyes. Ellos pertenecen a otro contexto, a un cosmos sobre el cual, al parecer, ejerces un control absoluto. No ocurre lo mismo en el mundo que habitas, donde tus decisiones encuentran límites y la realidad se resiste a obedecer tus deseos.

Surge entonces la tentación de la soledad y el aislamiento. El distanciamiento social puede convertirse en una forma de protesta, pero también en un mecanismo de protección frente a aquello que no conseguimos transformar. A veces, lo que interpretamos como una decisión de independencia no es más que una respuesta a la frustración de descubrir nuestra impotencia ante lo imposible.

En lugar de practicar la aceptación y la tolerancia, aderezadas quizá con cierta dosis de indiferencia, escogemos el aislamiento como refugio. Nos apartamos del mundo no siempre porque lo hayamos comprendido, sino porque hemos renunciado a confrontarlo.

La literatura se nutre de la realidad, pero no puede sustituirla. Necesita una lógica existencial que otorgue consistencia a sus universos, aunque estos contradigan las leyes de nuestra experiencia cotidiana. La libertad de la imaginación no nos exime de reconocer las limitaciones de nuestra propia existencia.

Nada de esto significa que la vida sea literatura, ni que pueda reducirse a ella. La literatura puede interpretar la experiencia, transformarla y conferirle nuevos sentidos, pero nunca apropiarse de su totalidad.

Acaso allí resida una de las contradicciones más profundas del escritor: poseer la libertad de imaginar otros mundos y tener que aceptar, cada día, que no gobierna el suyo.

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