Después de dos semanas de sospechas, acusaciones y condenas públicas, el escritor peruano David Silva Rojas puede respirar con algo más de tranquilidad. La editorial mexicana Almadía anunció hoy, 6 de noviembre, que ha concluido su investigación sobre la presunta utilización de inteligencia artificial en la escritura de su novela Donde el agua trabaja y ha decidido mantener el Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat, concedido por unanimidad por un jurado integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda.
Recordemos el origen del escándalo. El pasado 23 de octubre, tres periodistas del diario español El País publicaron una investigación en la que señalaban que el detector de inteligencia artificial Pangram atribuía a una máquina el 99 % del texto de la novela premiada.
Y comenzó el espectáculo. Una máquina sospechaba que otra máquina había escrito una novela firmada por un ser humano. Bastó ese resultado para que se desatara una avalancha de comentarios, descalificaciones y sentencias contra el escritor, a quien no pocos comenzaron a tratar como un tramposo que había conseguido engañar a un prestigioso jurado internacional.
La acusación era especialmente grave porque las bases del concurso prohibían expresamente el uso de inteligencia artificial generativa. Había, por tanto, razones legítimas para investigar. Lo que no había era una demostración concluyente de culpabilidad. Pero ya sabemos cómo funcionan algunos tribunales contemporáneos: primero dictan sentencia y después, si queda tiempo, examinan las pruebas.
Silva Rojas negó haber utilizado IA generativa para concebir, redactar o revisar su novela. Sostuvo su autoría y ofreció documentación sobre el proceso de escritura.
Según informó hoy Almadía, la editorial examinó los materiales aportados por el escritor y sostuvo consultas con especialistas tecnológicos, jurídicos y lingüísticos. Tras esa revisión, reiteró su confianza en Silva Rojas, respaldó la decisión del jurado y dio por concluida la controversia.
Conviene precisar que no se ha divulgado públicamente un informe pericial completo ni la totalidad de los materiales examinados. Pero la resolución editorial es inequívoca: el premio se mantiene y la confianza en el escritor queda ratificada.
Almadía también cuestionó la cobertura periodística y consideró que una disculpa pública de El País sería un gesto de respeto y consideración hacia las personas afectadas. Y aquí aparece una cuestión que trasciende ampliamente esta novela.
Hace unos días, el escritor mexicano Jorge Volpi, en un artículo titulado Escritura híbrida, publicado precisamente en El País, cuestionó la utilización de herramientas de inteligencia artificial para exhibir públicamente a escritores sospechosos de emplearlas. Volpi habla de un régimen inquisitorial que fortalece los mecanismos de control del capitalismo de vigilancia.
La observación es particularmente incisiva porque no procede de un enemigo de la tecnología. Volpi ha experimentado con ella en su propia creación literaria y reconoce sus posibilidades como instrumento, interlocutor y generador de escritura.
Lo que cuestiona es otra cosa: la pretensión de convertir herramientas estadísticas en autoridades capaces de determinar, sin reconstruir el proceso creativo, quién merece ser reconocido como autor.
Hace poco leí también unas reflexiones del narrador venezolano Juan Carlos Méndez Guedes, residente en Madrid, quien planteaba cuatro cuestiones que considero pertinentes.
Sostiene que presentar como propio un texto escrito íntegramente por una máquina, ocultando deliberadamente su procedencia, constituye un engaño. También propone distinguir entre el oficio tradicional del escritor y las nuevas modalidades de producción textual mediante instrucciones a sistemas generativos.
Podemos discutir esas definiciones. Yo mismo considero que la escritura híbrida plantea posibilidades creativas más complejas que la simple delegación de una historia a una máquina.
Pero sus otras dos observaciones me parecen especialmente importantes: los tribunales populares de las redes sociales no pueden sustituir los procedimientos de comprobación, y las acusaciones deben sostenerse mediante pruebas. Su conclusión merece ser repetida:
«No son los autores los que deben probar que escribieron su libro, son los denunciantes quienes deben probar que no lo hizo».
Ese es precisamente el problema que hemos venido examinando en estas páginas: la inversión de la carga de la prueba y el surgimiento de una suerte de autoría bajo sospecha permanente.
Ahora resulta que el escritor no solamente debe escribir su obra. También podría verse obligado a conservar borradores, apuntes, versiones, diarios de trabajo y cuanto documento permita demostrar, ante un tribunal de algoritmos y curiosos, que efectivamente hizo lo que afirma haber hecho.
¡Bonita perspectiva para el futuro de la literatura! Y llegamos a una distinción que me interesa particularmente.
La discusión sobre la autoría de una novela no debe confundirse con la discusión sobre su calidad literaria.
He leído parte de Donde el agua trabaja, adquirida en formato Kindle, y mi impresión hasta ahora no es especialmente favorable.
Encuentro una prosa de ritmo monótono, una economía expresiva que no siempre consigue transformarse en intensidad narrativa y una voluntad de denuncia social que, en varios pasajes, me parece más evidente que su elaboración literaria.
Es mi valoración como lector, todavía abierta a lo que pueda descubrir en el resto de la obra. Otros lectores, entre ellos las tres integrantes del jurado, han encontrado méritos que justifican su reconocimiento.
Y tienen todo el derecho de defenderlos. Pero sería intelectualmente absurdo concluir que las debilidades literarias que uno advierte en una novela constituyen pruebas de que fue escrita por una máquina.
Tan absurdo como sostener que una obra es buena por el simple hecho de haber sido escrita por un ser humano. Volpi lo expresa con una ironía que comparto: sin experiencia literaria y sin criterio creativo, la IA puede producir textos anodinos y plagados de lugares comunes, aunque tampoco faltan textos humanos con esas mismas características.
¡La mediocridad, por fortuna o desgracia, sigue siendo una actividad perfectamente humana!
Recuerdo haber leído comentarios de personas que anunciaban su decisión de no acercarse a la novela de Silva Rojas porque, según afirmaban, había sido escrita por una máquina. No habían leído el libro, pero ya conocían su naturaleza, sus defectos y hasta la presunta deshonestidad de quien lo firmaba.
Extraordinaria capacidad crítica: juzgar una obra sin leerla y condenar a su autor sin demostrar la acusación.
No discuto el derecho de nadie a decidir qué lee. Lo que cuestiono es la facilidad con que una sospecha se transforma en certeza y una certeza sin pruebas en condena pública.
El periodismo tiene pleno derecho a investigar posibles irregularidades en un premio literario. También tiene la responsabilidad de distinguir claramente entre un indicio, una hipótesis y un hecho demostrado, particularmente cuando está en juego la reputación de una persona.
Y esa responsabilidad no desaparece porque el indicio proceda de una herramienta tecnológica presentada como altamente confiable. Los detectores pueden aportar información útil. Lo que no pueden hacer, por sí solos, es reconstruir la historia de una creación literaria.
La escritura contemporánea, incluida la escritura híbrida, plantea preguntas nuevas sobre los instrumentos, los interlocutores, las formas de colaboración y la responsabilidad del autor. Necesitamos discutirlas con rigor, apertura y honestidad, no mediante condenas apresuradas.
La resolución de Almadía no convierte Donde el agua trabaja en una gran novela. Tampoco elimina la necesidad de establecer reglas claras sobre la utilización de IA en concursos literarios.
Lo que sí hace es devolvernos a una exigencia elemental: nadie debería ser públicamente condenado por una acusación que no ha sido suficientemente demostrada.
Y ahora que la editorial ha ratificado el premio, sería deseable que quienes difundieron la sospecha con tanta energía dedicaran una atención comparable a la resolución. Porque las reputaciones no se reparan con la misma facilidad con que se dañan.
Mientras tanto, seguiremos leyendo, escribiendo y discutiendo, con máquinas o sin ellas, sin entregarles nuestro juicio a los nuevos oráculos digitales.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a escribir. Lo que no deberíamos permitirle es que piense por nosotros cuando llega la hora de juzgar a otro ser humano.

