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EL HOMBRE QUE APAGABA INCENDIOS CON LAS MANOS

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Algunos combaten el mundo hasta olvidar dónde comenzó la primera batalla. Entonces el arte deja de ser una vocación y se convierte, apenas, en otra manera de seguir respirando.
Algunos combaten el mundo hasta olvidar dónde comenzó la primera batalla. Entonces el arte deja de ser una vocación y se convierte, apenas, en otra manera de seguir respirando.

Llevaba tantos años peleando contra el mundo que terminó por olvidar cuál había sido la primera batalla.

Había elegido una ocupación imposible: apagar incendios con las manos. No los incendios verdaderos, sino los del mundo. Quería sofocar el ruido de las máquinas, la comodidad de los atajos, la renuncia de los otros. Nunca comprendió que algunos fuegos sobreviven precisamente gracias a quien intenta combatirlos.

Cada mañana despertaba con la sensación de haber dormido debajo de una montaña. Los huesos le pesaban más que las ideas. A veces pasaban dos días sin probar bocado y él confundía el hambre con una forma superior de disciplina, como si el cuerpo también tuviera que pagar por los errores de la civilización. Había hecho de la pureza una profesión.

Condenaba las máquinas porque robaban el trabajo de los hombres. Condenaba el progreso porque bebía ríos enteros para enfriar sus entrañas metálicas. Condenaba la facilidad porque sospechaba que todo esfuerzo ajeno escondía una trampa moral. Quería salvar al mundo. Pero el mundo, distraído, siguió su camino.

Uno por uno, fueron desapareciendo los interlocutores. Algunos se cansaron de ser examinados. Otros simplemente aprendieron a cruzar la calle cuando lo veían venir con una nueva cruzada bajo el brazo. Él interpretó cada ausencia como una prueba más de que tenía razón.

Nunca sospechó que la razón también puede convertirse en una enfermedad cuando deja de respirar. Trabajaba sin descanso.

Diseñaba, dibujaba, corregía, volvía a empezar. Decía que crear lo mantenía vivo, aunque cada obra parecía consumir exactamente la poca vida que todavía le quedaba. Su estudio era un cuarto lleno de pantallas encendidas y ventanas cerradas. Afuera amanecía y anochecía al margen de su vida. Adentro siempre era la misma hora.

Su vida era una repetición de acciones inconclusas. Abría Illustrator. Lo cerraba. Abría Photoshop. Lo cerraba. Empezaba un dibujo. Lo borraba. Miraba el celular esperando una notificación. No llegaba. Se levantaba a tomar agua. Olvidaba para qué se levantaba. Volvía a sentarse.

De vez en cuando escribía mensajes como quien lanza una botella al océano. No pedía ayuda. La bordeaba.

Esperaba que alguien supiera traducir ese idioma donde el orgullo utiliza las mismas palabras que el auxilio. Le respondían con recetas, dietas, terapias, optimismo, respiraciones profundas. Él contestaba con una frase breve, cansada, casi burocrática:

—Ya lo intenté.

Como si fuera enumerando las puertas que encontraba cerradas. Había llegado al extraño punto donde el enemigo ya no era la tecnología, ni el mercado, ni la indiferencia de los demás. El enemigo ocupaba exactamente el espacio detrás de sus ojos.

Allí vivía una voz que discutía con él desde hacía años. No gritaba. No insultaba. Era peor: razonaba. Lo convencía de que ningún esfuerzo bastaba, de que ningún reconocimiento era suficiente, de que toda victoria era provisional y toda derrota definitiva.

A veces imaginaba que el problema debía de ser sencillo. Un mecanismo averiado. Un cable suelto. Una pieza mínima desplazada apenas unos milímetros dentro de sí mismo. Bastaría encontrarla para que el mundo recuperara su continuidad.

Pero cada intento desembocaba en otro intento. Dibujaba una imagen más. Abría un archivo más. Cambiaba un color. Deshacía el cambio. Guardaba una versión que nunca volvería a abrir. No porque creyera que esta vez sería distinto, sino porque ya no conocía otra forma de permanecer con vida.

El arte había dejado de ser una vocación. Era respiración asistida. Y lo más terrible no era que el arte comenzara a abandonarlo. Lo más terrible era sospechar que, si alguna vez el arte terminaba por soltarle la mano, ya no sabría dónde buscar aquello que llevaba tantos años persiguiendo fuera de sí.

Descubrió demasiado tarde que nadie puede apagar un incendio con las manos. Al cabo de los años, dejó de distinguir entre el fuego y la piel.

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