Hoy cumplo 71 años.
Mientras caminaba por San José buscando un sitio donde comer algo ligero, me sentí un poco perdido. Seguí errabundo, pensando, imaginando, tratando de comprender este tiempo que me corresponde vivir: una ciudad rodeada de anacronías arquitectónicas y viales, extraviada en su propia memoria, que ofrece a cambio un presente ecléctico, sucio y engañoso.
Decidí refugiarme en el Café del Teatro Nacional. Quería aislarme por un rato del caos citadino, de los vendedores de cualquier cosa, de quienes piden moneditas y de las hordas de turistas que, vestidos con la informalidad reglamentaria de nuestro tiempo, atraviesan el bulevar de la Avenida Central, se detienen en cualquier parte y conversan en idiomas que uno no comprende. Al cruzar entre ellos, tuve la sensación de caminar por los alrededores de Babel.
Huyendo de todo aquello —y también un poco de mí mismo— entré en el Teatro Nacional. Me senté en su café y ordené un delicioso wrap de pollo y un café chorreado sobre la mesa.


Fue el café el que inició el viaje. No podía haber sido de otra manera. La construcción del Teatro Nacional comenzó a financiarse, a finales del siglo XIX, mediante un impuesto a la exportación del café. De modo que aquel líquido oscuro que ahora descendía lentamente por el filtro no solo despertaba mis sentidos: convocaba la memoria del edificio. El café había contribuido a levantar sus muros y, más de un siglo después, volvía a circular dentro de ellos para levantarme a mí y ponerme en movimiento hacia el pasado.
Lo habían cultivado en las montañas de Dota, a dos mil metros de altura, y olía demasiado bien. Observé el agua descender lentamente a través del filtro, volverse oscura, líquida y humeante. El aroma se elevaba hasta mí y la boca se me hacía agua con solo imaginar el primer sorbo.
Allí estaba yo, el día de mis 71 años, sentado en una silla antigua, acodado sobre una mesa de cerámica arcaica y bellísima, bajo unos cielos rasos decorados con imágenes divinas. Porque un cielo raso también puede ser un cielo verdadero, y en este habitan deidades solitarias: una mujer con los senos libres levanta una copa y brinda; otra mira hacia el vacío mientras sostiene una tableta con algún texto misterioso. Tal vez sean los mandamientos. Tal vez el menú celestial, cuyos platos no se sirven en aquella cafetería reservada para clientes terrenales y mortales.

Poco a poco uno se aclimata. Se acomoda en la silla, bebe el café y comienza a sentir que está a punto de despegar.
El Teatro Nacional propone el viaje hacia una Costa Rica idílica que nunca existió, pero que sus mármoles, sus lámparas, sus escalinatas y sus ornamentos consiguen volver verosímil. Todo allí sugiere que ese país imposible estuvo alguna vez más cerca de nosotros que el país donde hoy vivimos.
El edificio permanece en medio de San José como un eslabón perdido, una magnífica criatura escondida en el tiempo. Parece esperar que ingresemos para devolvernos algo de cuanto todavía conserva y atesora: cierta elegancia desaparecida, un silencio menos nervioso, la ilusión de que alguna vez supimos hacia dónde íbamos.
Sin embargo, el momento culminante de aquella aventura no ocurrió frente a las musas del techo, ni ante la escalinata de mármol, ni mientras bebía el café de Dota. Ocurrió en el servicio sanitario.
Desde que se cruza la puerta, el espacio nos traslada a una época que únicamente sobrevive allí. Hay algo en las maderas oscuras, los azulejos, los espejos y la luz amarillenta que termina de desprendernos del presente. Todo posee la potencia necesaria para hacernos despegar.

Entonces uno llega al mingitorio, se aferra con firmeza al instrumento corporal de navegación y, mientras expulsa el cálido líquido amarillento, siente que abandona este tiempo y se transporta hacia otro lugar. El viaje dura lo que dura la orinada.
Podría parecer poco, pero es un tiempo invaluable, porque no se mide en minutos ni en segundos, sino con la intensidad poética del alma. Durante ese breve tránsito, uno deja de ser un hombre de 71 años extraviado en San José. Es apenas un cuerpo suspendido entre dos épocas, un viajero inmóvil que contempla desde el mingitorio la desaparición del presente. Después todo termina.
Uno se acomoda la ropa, se acerca al lavatorio y abre el grifo. Entonces el espejo cumple su función más cruel y necesaria: nos enfrenta de nuevo con nosotros mismos. Allí aparecemos regresando desde aquel pasado bellísimo que duró una orinada.

Me miré. Había vuelto a ser yo: el hombre que esa mañana cumplía 71 años y caminaba sin rumbo por San José; el poeta que entró en el Teatro Nacional huyendo del ruido, de la ciudad y un poco de sí mismo.
Pero no regresé exactamente igual. Durante unos instantes había viajado en el tiempo a través de un mingitorio. Una forma modesta, improbable y absolutamente digna de celebrar que todavía estoy vivo.
Quiero volver pronto. Y, desde luego, de la misma manera.




Muy buen escrito, amigo V.H. Fernández. Y que cumplas muchos MUCHOS DE años más después de tu feliz LXXI aniversario.
Gracias, gracias, querido maestro.