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El gato que come proteína

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Antes de convertirse en huésped, fue un invasor. Llegaba por el tejado, se deslizaba por las rendijas del techo y aterrizaba directo en mi cocina, donde saqueaba con precisión quirúrgica cualquier carne que encontrara sobre la mesa.

El pollo asado era su especialidad. Yo escuchaba un ruido leve, entraba y encontraba el plato vacío, alguna huella grasosa y, a veces, la cola desapareciendo por la parte trasera de la casa.

Tuve que declararle la guerra. Lo perseguí corredor afuera, le lancé gritos y palmadas, y terminé por cerrar con cedazo las múltiples entradas de la parte posterior, bloqueando el acceso desde el tejado. Durante mucho tiempo nos miramos desde afuera, con cierta distancia. Yo lo veía allí, apostado en el jardín o en la calle privada, y con la mirada le decía que lo había jodido por atrevido e irrespetuoso. Él se me quedaba viendo un rato largo, sin miedo pero sin desafío, y luego se marchaba. Poco a poco se retiró. Ya no hubo más incursiones, ni platos vacíos, ni violencia entre nosotros. Solo esa tregua fría de dos enemigos que se reconocen.

A partir de entonces, sobre todo en las noches cuando coincidíamos afuera de la casa, comenzamos a mirarnos distinto. Nos quedábamos inmóviles, cada uno en su sitio, contemplándonos en silencio. No estábamos atentos a nada más: ni al ruido de los carros lejanos, ni a los insectos, ni al viento. Solo ese intercambio de miradas que, sin decirlo, nos fue suavizando.

Hasta que un día decidí cambiar el trato. Había quedado pollo del almuerzo. Tomé algunos pedazos, con abundante pellejo, los coloqué en un papel de aluminio y salí a buscar al gato. Esa noche él estaba al pie del árbol de mango, casi a punto de escalarlo, cuando interrumpió su movimiento para mirarme. Me acerqué un poco más de lo normal, y el gato no se movió. Entonces le hablé, como se le habla a un vecino con quien uno ha tenido broncas viejas:

—No vale la pena que sigamos distanciados. Mientras no te metas a mi casa ni me saquees la cocina, yo reservaré cantidades de tus proteínas preferidas y te las dejaré aquí para que cenés de vez en cuando, si te parece.

Acto seguido di media vuelta, caminé hasta el extremo oriental del muro de mi jardín y deposité el papel aluminio con los pedazos de pollo asado. Luego entré a la casa sin volver la vista. Esa noche, cuando salí más tarde, el muro estaba limpio. El pacto se había consumado.

Desde entonces nunca hemos estado cerca el uno del otro, pero algo cambió: el gato ya no me huye. Se queda quieto, siempre a una distancia prudente, expectante de mis movimientos. A veces salgo por la noche y, en la oscuridad de la calle privada que conduce hasta el fondo de la propiedad, no lo veo. Me quedo mirando un rato hacia la tiniebla que domina el fondo y, de pronto, dos pequeños focos se encienden en medio de la noche y comienzan a avanzar en línea recta.

Conforme se acercan a la luz del ranchito comunal, los dos focos empiezan a apagarse y, al ocurrir eso, emerge la figura felina: alargada, gris, con sus rayas negras cruzándole el lomo. Avanza lenta y cautelosamente hasta que se planta bajo la luz, desde donde me observa, saludándome en silencio y esperando a que le sirva la mesa para pasar a cenar privadamente.

La paloma en la cochera, las aves en el comedero y este gato que come proteína tienen algo en común: todos vienen a mi casa porque aquí encuentran alimento y cierta forma de seguridad. Yo, que alguna vez lo perseguí escoba en mano, ahora entiendo que también él es un huésped más de este pequeño reino. Él pone sus ojos brillando en la noche, su cuerpo ágil de cazador reformado; yo pongo el muro, el pollo y la palabra dada.

Esta es la historia del gato que come proteína y de la casa que, poco a poco, aprendimos a compartir.

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