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El largo regreso del héroe

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Acostumbrados a los tiempos modernos, hemos olvidado que alguna vez el heroísmo no consistía en conquistar una ciudad, sino en conseguir regresar a casa
Acostumbrados a los tiempos modernos, hemos olvidado que alguna vez el heroísmo no consistía en conquistar una ciudad, sino en conseguir regresar a casa

Vivimos una época donde los héroes deportivos regresan a casa en aviones de lujo, escoltados por cazas militares y recibidos con desfiles multitudinarios. Olvidamos que alguna vez el retorno del héroe fue la parte más difícil de su aventura. Volver era una empresa más peligrosa que la guerra misma. Muchos jamás alcanzaron la costa que soñaban besar de nuevo. Sus regresos quedaron suspendidos en la memoria de los aedas, esos narradores errantes que recorrían puertos y tabernas contando desembarcos que nunca llegaron a ocurrir.

Ese es el territorio que Christopher Nolan recupera en Odiseo, una obra monumental rodada íntegramente en formato IMAX, donde el espectáculo visual jamás sustituye la profundidad del mito, sino que la engrandece. Nolan no filma únicamente una epopeya; filma la obstinación de un hombre por regresar a casa.

Batallas con enemigos desproporcionados forman parte de las escenas más impresionantes del filme.

Su Odiseo es profundamente humano. Brillante y valiente, sí, pero también vulnerable, errático y agotado por los años. La película comienza cuando el héroe ha perdido incluso aquello que le daba sentido a su viaje: la memoria. Retenido por Calipso en una isla donde el tiempo parece detenido, vive prisionero del olvido. Mientras no recuerde quién es ni hacia dónde se dirigía, tampoco encontrará razones para abandonar aquel paraíso engañoso.

A partir de ese punto, Nolan construye el relato mediante una sucesión de recuerdos que reconstruyen lentamente la identidad del héroe. Los retrocesos temporales no son un mero recurso narrativo: son el camino por el que Odiseo vuelve a encontrarse consigo mismo.

Entre esas evocaciones emerge la caída de Troya. No como una celebración de la victoria, sino como el momento en que comienza la tragedia. El célebre caballo ideado por Odiseo deja de ser únicamente una brillante estrategia militar para convertirse en el origen de una culpa que perseguirá a los vencedores durante el regreso. Nolan sugiere que la destrucción indiscriminada de la ciudad, la profanación de sus templos y la violencia ejercida contra los vencidos rompieron un equilibrio que los dioses no estaban dispuestos a tolerar. La victoria contenía ya el germen del castigo.

Visualmente, la película es extraordinaria. El formato IMAX convierte cada paisaje, cada tormenta y cada combate en una experiencia inmersiva donde la imagen conduce el relato mucho más que los diálogos. En todo caso las versiones en salas de formato “convencional” son igualmente seductoras y convincentes. Este filme es para ser visto preferiblemente en salas de cine. Nunca las versiones domésticas tendrán este alcance y majestuosidad. Nolan confía en el poder expresivo del silencio, de las miradas y de la composición visual. No necesita explicarlo todo. Permite que el espectador contemple y complete los espacios que la imagen deja abiertos.

Robert Pattison como Antínoo, consigue representar uno de los mejores papeles del filme

Han transcurrido dieciocho años desde que Odiseo partió hacia Troya. Telémaco ha crecido sin conocer a su padre. Penélope resiste el asedio de los pretendientes sosteniendo la esperanza con la célebre estrategia del telar, mientras Ítaca parece desmoronarse lentamente. Cuando padre e hijo finalmente logran encontrarse, comienza la última batalla: no la conquista de una ciudad extranjera, sino la recuperación del hogar, del honor y del orden perdido.

La secuencia final posee una intensidad casi ritual. La venganza de Odiseo no se presenta como una explosión de violencia gratuita, sino como el desenlace inevitable de una larga espera. Oscura y perturbadora, recuerda que incluso el héroe regresa transformado por aquello que ha debido hacer para sobrevivir.

En las semanas previas al estreno no faltaron quienes, apoyándose apenas en un par de avances promocionales, decretaron el fracaso de la película. Se habló de traición a Homero, de atentado contra la tradición clásica y de supuestas concesiones al espectáculo contemporáneo. Bastó el estreno para desmontar buena parte de esas descalificaciones. Nolan no pretende sustituir a Homero; dialoga con él. Interpreta un clásico desde el lenguaje del cine y demuestra que las grandes historias siguen siendo capaces de renovarse sin perder su esencia.

Leguizamo de origen colombiano -representando a Eumeo, el fiel criado y porquero de Odiseo- cumple maravillosamente y nos entrega un personaje profundamente humano.

Al salir de la sala comprendí que seguimos buscando Ítaca. Todos, de una u otra manera, emprendemos viajes cuyo verdadero sentido consiste en regresar distintos al lugar del que partimos. Allí nos esperan quienes permanecieron fieles durante la ausencia. Aguarda la familia. Sobreviven los amigos. Y allí permanece, como en una de las escenas más conmovedoras de toda la tradición occidental, la vieja mascota que se resiste a abandonar el mundo sin sentir una última vez la mano de su amo recorriendo el lomo. Solo por devolvernos esa emoción —y por hacerlo con una fuerza visual deslumbrante— vale la pena acompañar a Christopher Nolan en este viaje de regreso.

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