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La herida abierta

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Dos hombres separados por un muro: uno arriesga la voz; el otro fuma, convencido de que su impunidad sobrevivirá al humo. Un relato sobre el nacimiento de un caudillo.
Dos hombres separados por un muro: uno arriesga la voz; el otro fuma, convencido de que su impunidad sobrevivirá al humo. Un relato sobre el nacimiento de un caudillo.

La primera vez que vi a José Figueres llevaba el traje arrugado y una furia que no le cabía en el cuerpo.

Entró en la radio poco antes de las siete de la noche. Afuera, San José olía a vidrio roto, licor derramado y mercancías saqueadas. Durante todo el día, grupos de hombres habían recorrido las calles buscando negocios cuyos propietarios tuvieran apellidos alemanes o italianos. Algunos cargaban palos. Otros llevaban banderas. Los más precavidos habían llegado con carretillas.

Yo tenía veintidós años y trabajaba como asistente técnico en Radio América Latina. Mi oficio consistía en revisar las conexiones y los cables, limpiar los micrófonos, regular los niveles de la consola y procurar que las voces de los hombres importantes salieran al aire sin el menor ruido.

Aquel día no lo conseguí. Había demasiado ruido dentro del país. Dos noches antes, un submarino alemán había penetrado en Puerto Limón. Nadie lo vio llegar. Mientras el carguero San Pablo permanecía atracado junto al muelle, iluminado como una presa que ignoraba estar siendo observada, el comandante del U-161 ordenó el lanzamiento de dos torpedos.

El primer estallido abrió el casco. El segundo terminó de hundirlo. Veintitrés trabajadores limonenses quedaron atrapados en las bodegas. También murió un tripulante. La guerra, que hasta entonces conocíamos por fotografías de ciudades europeas destruidas, había desembarcado entre nosotros sin poner un solo pie en tierra. Llegó debajo del agua. Después llegaron los muertos. Y detrás de los muertos, los saqueadores.

—Voy a hablar —dijo Figueres.

El director de la emisora intentó explicarle que el gobierno estaba nervioso, que la policía escuchaba todas las transmisiones y que denunciar los disturbios podía ser interpretado como una defensa de los nazis. Figueres dejó el sombrero sobre una mesa.

—No voy a defender nazis. Voy a defender costarricenses.

A mí me ordenaron preparar el micrófono. Mientras ajustaba los cables pude observarlo de cerca. No era un hombre imponente. Tenía más aspecto de agricultor obstinado que de político. Sin embargo, había algo extraño en su manera de permanecer quieto. Parecía que, aun sin moverse, avanzaba.

En uno de los estudios contiguos permanecía Max Effinger, detenido unas horas antes y llevado a la emisora por un funcionario que pretendía interrogarlo después de la transmisión. Nunca supe por qué lo dejaron allí. Tal vez la policía no tenía dónde ponerlo. Tal vez alguno de sus antiguos amigos todavía intentaba protegerlo.

Effinger había dirigido la organización nazi en Costa Rica. Sesenta y seis personas integraban aquella célula. Se reunían, recibían noticias de Berlín, extendían la propaganda del Reich y soñaban con una Alemania victoriosa al otro lado del océano.

Durante el gobierno de León Cortés, Effinger había ocupado la Jefatura de Migración. Desde aquella oficina contribuyó a cerrar el país a los judíos que escapaban de Europa. Mientras hombres, mujeres y niños buscaban un lugar donde no los mataran, él examinaba documentos y protegía la puerta.

Nunca necesitó ensuciarse las manos. Hay personas que cometen sus peores actos con tinta. Lo vi a través del vidrio del estudio. Estaba sentado, correctamente vestido, con las piernas cruzadas. No parecía asustado. Observaba los preparativos de Figueres con una expresión cercana al desprecio. Abrió una pitillera, extrajo un cigarrillo largo y delgado y lo encendió con un mechero de bronce. Sobre el metal brillaba una esvástica.

Dos hombres enfrentados por una pared transparente. Uno había utilizado al Estado para cerrar fronteras. El otro estaba a punto de utilizar una radio para abrir una herida. Encendí la luz roja. Figueres comenzó a hablar.

Al principio lo hizo con serenidad. Condenó el hundimiento del San Pablo y llamó criminales a quienes habían ordenado el ataque. Habló de los trabajadores muertos en las bodegas y de sus familias. Dijo que Costa Rica debía combatir el fascismo y cumplir sus compromisos con las naciones aliadas.

Después cambió el tono. Denunció los saqueos. Dijo que el dolor del país estaba siendo utilizado para robar comercios, perseguir familias y resolver enemistades. Denunció al gobierno por tolerar los desmanes y advirtió que no se podía defender la democracia mediante atropellos.

Afuera comenzaron a frenar automóviles. Los policías entraron mientras Figueres hablaba. El director me hizo una seña para que interrumpiera la transmisión, pero no obedecí. No fue valentía. Simplemente me quedé paralizado con una mano sobre el interruptor. Uno de los oficiales avanzó hacia la consola.

—Corte eso.

Figueres continuó hablando.

—No todos los alemanes son nazis —dijo—. No todos los italianos son fascistas. No se puede castigar a una familia por su apellido.

El policía desconectó el transmisor. La voz desapareció del aire, pero Figueres permaneció algunos segundos frente al micrófono apagado, terminando una frase que ya nadie podía escuchar.

Entonces comprendí algo que tardaría años en confirmar: aquel hombre no hablaba porque tuviera garantizada una audiencia. Hablaba porque necesitaba oírse a sí mismo decir lo que consideraba cierto.

Lo detuvieron. Al pasar frente al estudio donde esperaba Effinger, ambos se miraron. El nazi sonrió.

—La democracia —dijo en español, con un ligero acento— siempre termina arrestando a quienes la defienden.

Figueres se detuvo.

—La suya comenzó asesinándolos.

El oficial lo empujó hacia la salida. Effinger dejó de sonreír. Durante las semanas siguientes, el país se llenó de listas. Los nombres circulaban entre embajadas, ministerios, bancos y oficinas policiales. Unas veces correspondían a verdaderos simpatizantes del nazismo. Otras, a personas denunciadas por un competidor, un vecino o un antiguo socio. Cientos de alemanes e italianos fueron detenidos.

Al oeste del aeropuerto de La Sabana se instaló un campo de concentración con capacidad para cuatrocientas personas. Allí encerraron hombres, mujeres y niños. Algunas familias fueron deportadas a Estados Unidos. Otras quedaron bajo arresto domiciliario.

Mientras permanecían cautivas, sus propiedades cambiaban de manos. Los bienes eran confiscados o colocados bajo custodia estatal. Algunos propietarios, temiendo perderlo todo, inscribieron fincas y negocios a nombre de amigos. Cuando regresaron, descubrieron que la amistad también podía ser ocupada militarmente.

No toda aquella violencia fue cometida para proteger al país. Hubo quienes denunciaron nazis y quienes inventaron nazis. Hubo patriotas, oportunistas y ladrones. La guerra permitía que todos utilizaran la misma bandera.

Figueres fue liberado, pero no se le permitió permanecer en Costa Rica. Tuvo que marcharse al exilio. Lo llevaron hasta el aeropuerto bajo vigilancia. Antes de subir al avión volvió la cabeza para mirar el país del cual lo expulsaban.

Yo me encontraba allí porque el director de la radio me había enviado a entregar unos documentos a un funcionario. Cuando Figueres me reconoció, se acercó.

—Usted dejó la transmisión abierta —me dijo.

—No pude cerrarla.

—A veces no poder hacer algo es la única forma de valentía que tenemos.

Le pregunté si regresaría. Miró la pista.

—Uno siempre regresa al lugar donde dejó una frase inconclusa.

El avión levantó vuelo. En los años siguientes, Costa Rica intentó olvidar. Olvidó el campo de concentración junto a La Sabana. Olvidó a las familias deportadas, los negocios saqueados y las propiedades confiscadas. También quiso olvidar a los sesenta y seis integrantes de aquella red nazi, como si su existencia hubiera sido apenas una fiebre pasajera. Pero los países no olvidan. Acumulan. Guardan cada agravio debajo del siguiente hasta que el peso rompe el suelo.

Figueres regresó en 1944. Volvió sin ejército, pero ya no era el hombre expulsado varios años antes. El exilio le había endurecido el rostro y ordenado la furia. En su finca La Lucha comenzó a reunir hombres, ideas y armas.

Yo continué trabajando en la radio. De vez en cuando recibía mensajes enviados desde la finca. Hablaban de reuniones, contactos extranjeros y personas dispuestas a combatir. No sabía cuánto había de verdad ni cuánto de fantasía revolucionaria. Pero reconocía en aquellas palabras la misma voz que la policía había apagado en 1942. La frase inconclusa continuaba creciendo.

En 1948, después de unas elecciones disputadas y anuladas por el Congreso, el país terminó por romperse. Figueres apareció al frente de un grupo armado. Lo llamaron Ejército de Liberación Nacional.

Habían pasado seis años desde aquella transmisión. El hombre que denunció la violencia del Estado regresaba dispuesto a utilizar la violencia contra el Estado. Cuando lo encontré nuevamente vestía uniforme y llevaba una pistola en la cintura.

Había ido a instalar un equipo de radio en una posición rebelde. Figueres me reconoció de inmediato.

—Ahora sí pudo cerrar la transmisión —le dije, señalando el arma.

Él miró la pistola como si acabara de descubrirla.

—Esto no es una transmisión.

—También quiere convencer al país.

—Pero ahora el país está disparando.

—Usted también.

No respondió.

A lo lejos se escucharon varias detonaciones. Algunos hombres corrieron hacia sus posiciones. Figueres siguió mirando en dirección al sonido.

—La diferencia entre un libertador y un caudillo —dijo— no está en la manera como llega al poder.

—¿Entonces dónde está?

—En saber cuándo debe marcharse.

La guerra civil duró poco más de un mes, pero alcanzó para que murieran cientos de personas. Familias enteras quedaron divididas entre calderonistas, comunistas y figueristas. Vecinos que antes se saludaban terminaron vigilándose desde aceras opuestas.

Figueres venció. Entró en San José al frente de sus hombres y asumió el poder. Durante dieciocho meses presidió una Junta de Gobierno. Impulsó reformas, nacionalizó la banca, creó instituciones y preparó una nueva Constitución.

También tuvo enemigos perseguidos y decisiones que nunca dejaron de discutirse. La victoria no lo convirtió en un hombre puro. Ninguna guerra produce esa clase de hombres.

Yo lo observaba desde la distancia y me preguntaba si todavía recordaba el micrófono apagado. El país comenzaba a llamarlo caudillo. La palabra tenía algo de admiración y algo de advertencia.

Un caudillo es un hombre que crece hasta ocupar el tamaño de una nación. Habla por ella, decide por ella y llega a creer que también puede soñar en su nombre. A veces la salva. A veces no deja espacio para nadie más.

Figueres había sido engendrado por nuestras fracturas: por el hundimiento del San Pablo, los saqueos, las persecuciones, el campo de La Sabana, su expulsión y la incapacidad del país para resolver sus disputas sin convertirlas en guerra.

El gobierno que quiso silenciarlo había creado la voz que después lo derrotaría. El primero de diciembre de 1948 me ordenaron llevar un equipo de grabación al cuartel Bellavista. Figueres iba a realizar un acto público.

Llegó acompañado por ministros, soldados, estudiantes y periodistas. Alguien le entregó un mazo. Frente a todos, golpeó uno de los muros del cuartel y anunció la abolición del ejército como institución permanente.

El sonido del golpe rebotó entre las paredes. No fue un estruendo heroico. Fue un ruido breve y algo torpe. Sin embargo, mientras recogía el eco con mis micrófonos, comprendí que aquel golpe cerraba la transmisión iniciada seis años antes.

El hombre que había regresado con un ejército utilizaba ahora un mazo para declarar que el país no tendría ejército. Al concluir el acto me acerqué.

—¿Esta vez sí terminó la frase? —le pregunté.

Figueres reconoció mi voz antes que mi rostro.

—Todavía falta entregarle el poder a quien ganó las elecciones.

—¿Y después?

—Después habrá que confiar en que los civiles sean menos peligrosos que los militares.

Se marchó rodeado de periodistas. La abolición quedó incorporada en la nueva Constitución. El ejército desapareció como institución permanente y el antiguo cuartel comenzó a transformarse en museo. Donde antes se almacenaban fusiles terminaron instalándose vitrinas, piezas arqueológicas y obras de arte.

Pero yo sabía que la violencia no había sido abolida. Solo había perdido el uniforme. Continuaba en los partidos, en los odios familiares, en las propiedades nunca devueltas y en los muertos que cada bando recordaba de manera distinta. Permanecía en quienes convertían a Figueres en santo y en quienes lo pronunciaban como una maldición.

Años después supe que Max Effinger había regresado a Costa Rica. Fue liberado del campo de internamiento estadounidense, volvió al país y recibió una indemnización. Algunos de los inocentes perseguidos por tener apellido alemán o italiano jamás recuperaron sus bienes. Él, que sí había dirigido la organización nazi y colaborado con el cierre de las fronteras para los judíos, obtuvo compensación. Murió en 1955. Tuvo una muerte tranquila, según me dijeron.

Cuando conocí la noticia pensé en los trabajadores atrapados dentro del San Pablo. Pensé en las familias encerradas en La Sabana, en los comercios saqueados y en Figueres hablando frente a un micrófono que la policía acababa de apagar.

También pensé en el golpe del mazo contra la pared del cuartel Bellavista. La historia no había escogido a Figueres de antemano. Lo fuimos construyendo entre todos. Lo construyeron quienes toleraron los saqueos, quienes convirtieron la justicia en venganza y quienes lo enviaron al exilio por denunciarlo. Lo construyeron después las elecciones anuladas, el fraude alegado, la desconfianza y los hombres que aceptaron seguirlo con un fusil.

Nosotros engendramos al caudillo. Él tuvo, al menos, la lucidez de destruir el ejército que lo llevó al poder y devolver el gobierno a los civiles. No sé si aquello cerró la herida.

Las heridas de un país nunca cierran por completo. Cambian de forma, se cubren con constituciones, museos y celebraciones patrióticas. A veces dejan de sangrar y las confundimos con cicatrices. Pero basta acercar el oído.

Debajo de la piel todavía se escucha un micrófono encendido, dos torpedos avanzando bajo el agua y un hombre terminando, frente a nadie, la frase que quiso decirle a todo un país.

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