Durante mucho tiempo se dio por sentado que la dominación masculina constituía una especie de ley natural. Los machos, más grandes y fuertes, ocuparían por definición la parte superior de la jerarquía, mientras las hembras permanecerían subordinadas. La explicación resultaba cómoda: si así ocurría entre los primates, también la desigualdad humana podía presentarse como una herencia inevitable.
Una investigación publicada en 2025 obliga a revisar esa certeza. El estudio reunió información procedente de 253 investigaciones sobre 121 especies de primates. Los científicos analizaron las interacciones entre machos y hembras adultos: peleas, amenazas, agresiones y gestos de sumisión. Los resultados no confirmaron la imagen tradicional. Solo en el 17 % de las poblaciones estudiadas apareció una dominación masculina estricta; en el 13 %, la dominación fue femenina. En el 70 % restante, el poder estaba compartido o no podía atribuirse con claridad a ninguno de los sexos.

La naturaleza, al parecer, es bastante menos obediente que nuestras teorías sobre ella. Las relaciones cambian según las condiciones de cada especie. La dominación femenina aparece con mayor frecuencia cuando machos y hembras poseen tamaños semejantes, cuando ellas controlan la elección reproductiva o cuando pueden establecer alianzas. La masculina resulta más común cuando existe una marcada diferencia corporal, cuando los grupos abandonan la vida en los árboles o cuando un macho se aparea con varias hembras.
No hay, por tanto, un único orden primate. Hay estrategias, equilibrios y disputas que se modifican incluso entre poblaciones de una misma especie.
El hallazgo también revela algo sobre la mirada científica. Las primeras especies estudiadas extensamente —chimpancés, babuinos y macacos— pertenecían a sociedades con una fuerte dominación masculina. Durante años fueron consideradas representativas del conjunto. La ciencia observó la naturaleza, pero también proyectó sobre ella las jerarquías de las sociedades desde las cuales observaba.
Esto no significa que debamos buscar entre los animales una justificación inversa para nuestras preferencias políticas o morales. Un bonobo no puede resolver nuestros conflictos de género ni redactar un programa de convivencia; bastante tiene ya con ser bonobo. Significa algo más elemental: no podemos invocar la naturaleza como coartada para declarar inevitable aquello que hemos construido históricamente.

Conviene recordarlo frente a ciertos discursos de la manosfera que explican las relaciones humanas mediante una caricatura biológica: machos destinados a dominar, mujeres destinadas a elegir al vencedor y una competencia permanente presentada como esencia de la especie. Esa lectura no describe la naturaleza; selecciona de ella lo que necesita para legitimar una jerarquía previa.
En las sociedades humanas intervienen la biología, la cultura, la economía, las instituciones y el modo en que cada época distribuye la autoridad. No existe un único sistema de desigualdad aplicable a todos los pueblos ni una línea evolutiva que nos condene a repetir para siempre la misma relación entre hombres y mujeres.

La investigación no anuncia el final de la dominación. Tampoco resuelve nuestras disputas. Apenas retira de la mesa una vieja excusa: la idea de que el poder pertenece naturalmente a un sexo y que cualquier modificación de ese orden constituye una anomalía.
Quizá el abismo que hoy se abre entre hombres y mujeres no provenga de haber desobedecido a la naturaleza, sino de seguir atribuyéndole mandatos que nunca pronunció.
Nota: Este texto parte de la investigación “The evolution of male–female dominance relations in primate societies”, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences, y de un artículo de divulgación aparecido en El País el 8 de julio de 2025.

