Vivimos tiempos fascinantes. La humanidad tardó miles de años en inventar la escritura, levantar bibliotecas, construir universidades, desarrollar ciencias, filosofías y artes para finalmente alcanzar una de sus cumbres evolutivas: observar a alguien abrir una caja frente a una cámara y escuchar durante quince minutos que “está demasiado emocionado”.
Bienvenidos a la era del contenido. Una palabra amplia, generosa, casi sospechosamente cómoda. Porque contenido, en sentido estricto, es cualquier cosa que está dentro de otra cosa. Una botella puede contener vino excepcional o agua estancada. Una caja puede contener un violín Stradivarius o tres calcetines viejos. Una pantalla puede contener una reflexión capaz de cambiar nuestra mirada del mundo o simplemente ruido vestido con filtros, música pegajosa y entusiasmo prefabricado.
El problema no son los creadores de contenido. Existen muchos admirables: divulgadores, artistas, investigadores, viajeros inteligentes, cocineros capaces de contar la historia de un plato y personas que utilizan las nuevas plataformas como ventanas hacia el conocimiento. El problema aparece cuando confundimos llenar espacios con crear.
Una parte importante de esta nueva industria digital ha descubierto una verdad incómoda: ya no es necesario saber demasiado sobre algo para hablar permanentemente de todo.
Basta tener presencia, seguidores y una capacidad casi atlética para llamar la atención. La autoridad dejó de medirse por profundidad y comenzó a medirse por alcance.
Antes alguien estudiaba gastronomía, viajaba por culturas culinarias, aprendía técnicas, investigaba ingredientes y luego opinaba sobre restaurantes. Hoy basta entrar con un teléfono, mostrar un plato durante siete segundos y anunciar: “amigos, tienen que venir, esto está increíble”.
¿Por qué está increíble? Silencio filosófico. Está increíble porque está increíble. La tautología elevada a crítica gastronómica.
Al restaurante muchas veces tampoco le importa demasiado la capacidad analítica del visitante digital. No busca necesariamente un conocedor; busca una vitrina humana caminante. La pregunta no es: “¿qué puede decir esta persona sobre nuestra propuesta?” La pregunta es: “¿cuántas personas verán que estuvo aquí?”
El viejo prestigio fue sustituido por la métrica. Lo mismo ocurre con viajes convertidos en catálogos de poses repetidas: la misma piscina infinita, el mismo desayuno perfecto, la misma sonrisa ensayada frente al mismo atardecer que probablemente merecía algo mejor que servir como decoración del ego.
Incluso el cuerpo humano, territorio profundo de identidad, belleza y deseo, encontró su versión industrial: convertido muchas veces en producto, estrategia de mercado, escaparate de consumo. No porque la sensualidad sea algo indigno —el arte lleva siglos celebrando el cuerpo— sino porque existe una enorme diferencia entre expresar la belleza humana y empaquetarse como mercancía con suscripción mensual.
El nuevo mercado entendió algo: la atención es dinero. Y donde hay dinero aparecerán inevitablemente vendedores. Algunos venderán ideas. Otros venderán talento. Otros venderán conocimiento. Y otros venderán simplemente el envase.
Quizá el drama de nuestra época no sea que existan demasiados creadores de contenido. Quizá el drama es que olvidamos preguntarnos qué contiene el contenido.
Porque una concha marina vacía también hace ruido cuando uno se la acerca al oído. Pero no siempre es el océano. A veces es solamente el eco del vacío.


