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Crónicas del reloj de arena

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Cada reloj cuenta una historia distinta. Algunos hacen sonar campanas; otros dejan caer arena en silencio. Quizá todos intentan responder la misma pregunta, aunque ninguno consiga explicar del todo qué es el tiempo.
Cada reloj cuenta una historia distinta. Algunos hacen sonar campanas; otros dejan caer arena en silencio. Quizá todos intentan responder la misma pregunta, aunque ninguno consiga explicar del todo qué es el tiempo.

Durante siglos hemos intentado domesticar el tiempo. Primero observamos la sombra de un árbol desplazarse sobre la tierra. Después inventamos relojes de agua, relojes de arena, péndulos, engranajes, resortes, cristales de cuarzo y relojes atómicos capaces de equivocarse apenas un segundo cada cuarenta y cinco millones de años.

Cada nuevo invento parecía acercarnos un poco más a la precisión absoluta, como si medir con mayor exactitud significara comprender mejor aquello que pretendíamos medir. Pero quizá hemos confundido dos cosas distintas. Una cosa es medir el tiempo. Otra muy distinta es entenderlo.

Los relojes nunca han logrado atrapar el tiempo. Apenas consiguen registrar algunos de sus hábitos. Vivimos obsesionados con sincronizarlo todo. Ajustamos calendarios, agendas, satélites, computadoras, relojes de pulsera y servidores que gobiernan el mundo digital.

Nos tranquiliza creer que existe una hora exacta para cada acontecimiento, una precisión capaz de poner orden en el desorden de la existencia. Sin embargo, basta observar la vida para descubrir el fracaso de esa ilusión.

Nadie envejece al mismo ritmo. Nadie ama al mismo tiempo. Nadie supera una pérdida el día en que el calendario supone que ya debería haberlo hecho. El universo parece obedecer leyes de una exactitud admirable. La condición humana, en cambio, parece escrita sobre una colección infinita de pequeños desfases.

Quizá por eso nunca existen realmente las doce en punto. Cuando un viejo reloj termina de anunciar la duodécima campanada, las doce ya comenzaron a dejar de ser las doce. La ceremonia misma con que intentamos fijar una hora demuestra que esa hora ya se está escapando. Cada campanada necesita un intervalo; y mientras ese intervalo transcurre, el tiempo continúa indiferente a la solemnidad con que pretendemos nombrarlo.

La sincronía absoluta pertenece a los relojes. Nunca a la vida. Tal vez el reloj de arena comprendió esta paradoja mucho antes que nosotros. No intenta decirnos qué hora es. No divide el universo en minutos ni presume una exactitud imposible. Simplemente deja caer un grano de arena tras otro.

Su sabiduría consiste en aceptar que el tiempo no ocurre mediante saltos, sino por acumulación. La montaña no se derrumba de una sola vez. El cabello no encanece en una tarde. El amor no desaparece en una conversación. Las ciudades tampoco envejecen el día en que se derriba una casa. Todo ocurre lentamente, grano por grano, hasta que un día descubrimos que aquello que conocíamos ya no existe.

Quizá por eso el reloj de arena es el más sincero de todos. No pretende controlar el tiempo. Solo nos recuerda que nosotros tampoco podremos hacerlo. Los demás relojes nos ofrecen la ilusión del dominio.

El reloj de arena nos ofrece algo mucho más valioso: la conciencia del límite. Y acaso esa sea la única precisión verdadera que el ser humano haya conseguido alcanzar.

2 thoughts on “Crónicas del reloj de arena”

  1. Qué manera tan acertada de esta crónica apreciado amigo. La mayoría del tiempo vivía sujeta al reloj que uso en mi mano, luego de algunos años, lo fui dejando colocado en alguna mesa: tocador o la que tengo junto a la cama. Vivir pendiente de la hora se volvió un caos, luego sin leer esta crónica, ya había optado por vivir mi vida al compás del reloj de arena: vivo el día a día sin preocupaciones, casi no leo noticias y si veo en mi página notas de política y discusiones absurdas, simplemente las elimino. A cierta edad, hay mas interés por los asuntos que llenan nuestras vidas, cosas que nos motiven a sentirnos bien sin percatamos en pensar que va a pasar en unas horas o mañana. Un día a la vez, así de simple
    Gracias por esa enriquecedora crónica. Un abrazo a la distancia.

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