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Javier Pardo todavía espera

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Relato sobre un personaje cuya fuerza reside precisamente en su respiración rota, en esa mente que salta de Vanessa al barrio, del deseo a la rabia, de la ternura a la vulgaridad, de la pintura al hospital, de querer desaparecer a querer que alguien toque la puerta.
Relato sobre un personaje cuya fuerza reside precisamente en su respiración rota, en esa mente que salta de Henrieta al barrio, del deseo a la rabia, de la ternura a la vulgaridad, de la pintura al hospital, de querer desaparecer a querer que alguien toque la puerta.

Javier Pardo decía que no esperaba nada de nadie. Lo decía casi todas las tardes. Lo decía sentado en la misma silla, frente a la ventana de su habitación, mientras miraba pasar gente que nunca entraba, mujeres que nunca saludaban, vecinos que nunca preguntaban.

—No espero nada de nadie —repetía.

Después guardaba silencio unos segundos.

—Aunque sería bonito que alguien llegara.

Esa era la clase de contradicciones donde Javier vivía. Tenía una casa, pero se sentía extranjero. Tenía familia, pero se sentía abandonado. Tenía recuerdos, pero ninguno sabía comportarse. Todos llegaban sin pedir permiso. Especialmente Henrieta.

Henrieta aparecía en la música, en las calles, en ciertas tardes lluviosas donde el barrio parecía una fotografía vieja mojándose lentamente.

—Ya no pienso en ella —decía.

Pero pensaba.

—Ya no la quiero.

Pero la buscaba entre las caras desconocidas.

—Ya no necesito amor.

Pero todavía imaginaba una mujer entrando por la puerta para decirle que se quedaba. Javier no entendía esa guerra interna. Decía que el corazón era una máquina mal fabricada: uno quería apagarla y seguía trabajando.

Pasaba horas pintando. Decía que los colores le hablaban. El azul le decía que aguantara. El rojo le decía que todavía estaba vivo. El amarillo lo molestaba porque parecía demasiado feliz.

—¿Usted cree que estoy loco? —le preguntó una vez a su propio reflejo en el espejo.

El hombre del espejo no contestó.

—Claro, ahora tampoco me habla este desgraciado.

Y se rio. Porque Javier todavía podía reírse. Esa era una de las cosas que nadie entendía. Creían que los hombres quebrados solamente lloraban. No sabían que algunos aprenden a burlarse de sus propias ruinas.

A veces caminaba hasta el centro comercial del barrio. Hacía mandados. Entregaba paquetes. Observaba personas. Veía mujeres hermosas en todas partes. En la calle. En el hospital. En las salas de espera. En los pasillos donde otros solamente veían enfermos y paredes blancas. Javier veía posibilidades.

—Alguna tiene que ser —pensaba—. Alguna tiene que estar buscando también a alguien como yo.

Luego regresaba a la casa convencido de lo contrario.

—Nadie va a querer a un tipo como usted, Javier.

Se hablaba de usted cuando quería regañarse. Se hablaba de vos cuando quería perdonarse.

—Mae Javier, tranquilo. Tampoco sos tan mala persona.

Ese Javier más amable aparecía pocas veces, pero aparecía. El otro, el más oscuro, era más ruidoso. El otro decía que todo estaba perdido, que la vida se había ido por el desagüe, que la gente era falsa, que el barrio era falso, que los amigos eran falsos, que el mundo entero estaba equivocado.

Curiosamente, ese mismo Javier sufría por las mujeres heridas, por las personas lastimadas, por las injusticias pequeñas que nadie miraba. Tenía rabia, sí. Pero no era maldad. Era una ternura golpeándose contra las paredes.

Una tarde, después de varias cervezas, escribió: “No soy escritor. Solo me desahogo.”

Luego se quedó mirando la frase. Le pareció mala. Después le pareció verdadera. Después no supo. Así funcionaba su cabeza: cada pensamiento traía otro que venía a contradecirlo.

El hospital cambiaba sus citas. Los doctores hablaban. La familia opinaba. Todos parecían saber algo sobre Javier menos Javier.

—¿Y si todos están equivocados? —preguntó una noche.

Nadie respondió.

—¿Y si yo soy el único cuerdo?

Tampoco hubo respuesta. Entonces bajó la mirada y sonrió.

—Bueno… tampoco exageremos, Javier.

Afuera seguía pasando la gente. La gente normal. La gente ordenada. La gente que sabía dónde iba. O al menos fingía saberlo mejor que él.

Javier tomó el pincel y mezcló dos colores que no combinaban. Le gustó el resultado. Pensó que quizás algunas cosas rotas también podían formar algo hermoso.

Después escribió otra frase: “No quiero que nadie me quiera, pero quiero que alguien me quiera.”

La leyó varias veces. Esa sí le gustó. Porque por primera vez en mucho tiempo Javier Pardo sintió que había escrito algo completamente cierto.

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