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EL TALLER DE LAURA

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Hay talleres donde se fabrican objetos. Y hay otros donde lentamente se confeccionan los sueños con que el cuerpo desafía la gravedad. El taller de Laura pertenece a esa segunda categoría. Allí el cuerpo aprende a brillar.

Ella cose desde los ocho años. Primero fue la vieja máquina de flores de su abuela, una máquina manual intervenida por un tío que le injertó un motor, como si desde entonces alguien hubiera comprendido que aquella niña necesitaba velocidad para alcanzar el futuro.

Allí cosió vestidos diminutos para muñecas y, poco después, comenzó a vestirse a sí misma para las fiestas y reuniones de adolescencia. A los quince años recibió su primera máquina plana y empezó a fabricar vestidos de baño enteros, atrevidos, luminosos, casi improbables para una muchacha que todavía aprendía el oficio a fuerza de intuición, paciencia y error. Desde entonces no ha dejado de construir belleza.

Mientras estudiaba arte y música en el Conservatorio Castella —donde el piano la llevó incluso a integrar una banda de rock como tecladista—, la costura continuó creciendo silenciosamente a su lado, como una segunda respiración. Más tarde llegaron los estudios de arquitectura, abandonados en el camino, aunque quizá nunca del todo: algo de arquitecta permanece todavía en su manera de pensar el cuerpo, calcular tensiones, imaginar estructuras y levantar sobre la piel esas geometrías delicadas que luego cobran vida bajo las luces de un escenario.

Laura Morales aprendió observando. Miraba un diseño, estudiaba sus formas y luego inventaba sus propios moldes. Así fue desarrollando una lógica creativa muy suya: escuchar primero a quienes vestiría, entender qué necesitan expresar, observar el lenguaje de cada disciplina y, finalmente, construir una pieza capaz de acompañar no solo el movimiento, sino también la emoción.

Primero fueron los vestidos de baño. Después los leotardos para danza. Luego llegaron las gimnastas rítmicas, el ballroom, el jazz, el pole dance y el nado sincronizado.

Cada disciplina le exigió nuevas soluciones: telas más flexibles, cortes más precisos, pedrerías capaces de resistir el agua, el sudor, los giros violentos o la tensión de una acrobacia suspendida en el aire.

Con los años aprendió sobre licras, tules, textiles stretch, acabados, repulgos, overlock, costuras invisibles y aplicaciones hechas a mano. Muchos de sus diseños nacen primero en las máquinas y terminan siendo concluidos lentamente con detalles minuciosos que exigen paciencia de orfebre. Porque en realidad eso hace Laura: orfebrería para el movimiento.

Entrar en su taller resulta profundamente hermoso. Uno encuentra rollos de tela, moldes de papel colgando como planos secretos, hilos, piedras brillantes, mesas de corte y máquinas que resoplan con una intensidad casi marítima. Hay algo allí que recuerda el estudio de un escultor y, al mismo tiempo, el backstage silencioso de un teatro antes de abrir el telón.

Los materiales todavía están en estado bruto, pero ya contienen una promesa. Porque Laura no confecciona únicamente vestuarios: confecciona posibilidades escénicas. Sus piezas terminan convirtiéndose en parte esencial de esas metáforas visuales mediante las cuales bailarines, gimnastas y nadadoras sincronizadas expanden el cuerpo más allá de sus límites cotidianos.

Uno ve luego a esas atletas suspendidas en el aire, girando sobre una cinta, atravesando el agua como si fueran criaturas mitológicas o lanzando al escenario una pirueta imposible, y entiende que parte de esa magia comenzó mucho antes, en un pequeño taller tibaseño donde alguien eligió cuidadosamente una tela, imaginó un color, reforzó una costura o bordó a mano una línea de luz sobre el torso de una bailarina.

El trabajo de Laura ocurre lejos de los aplausos. Ella no aparece bajo los reflectores ni recibe las medallas. Sin embargo, los cuerpos que triunfan sobre el escenario llevan consigo fragmentos silenciosos de sus manos. Por eso muchas artistas regresan una y otra vez a buscarla: porque saben que sus trajes no solo visten el cuerpo, sino también la confianza, el carácter y la belleza del gesto técnico.

En tiempos donde todo parece rápido y desechable, el taller de Laura Morales persiste como un territorio de paciencia. Allí todavía se cree en el detalle, en el trabajo manual y en la belleza como una forma de devoción.

Y mientras las máquinas continúan golpeando la tarde con su ritmo obstinado, uno comprende que en ese lugar ocurre algo más profundo que la simple confección de vestuario: allí el arte aprende a vestirse antes de salir a conquistar la luz.

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