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El tubo y el pecado

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Entre el erotismo y el deporte apenas media un tubo de acero... y una enorme cantidad de convenciones culturales. El cuerpo permanece; quienes cambian somos nosotros y la historia que elegimos contar sobre él
Entre el erotismo y el deporte apenas media un tubo de acero... y una enorme cantidad de convenciones culturales. El cuerpo permanece; quienes cambian somos nosotros y la historia que elegimos contar sobre él

Durante muchos años la danza ocupó una parte importante de mi vida. Fui crítico de danza de La Nación durante dos décadas y terminé escribiendo un libro de teoría e historia titulado “El cuerpo no tiene memoria”, una provocación destinada a recordar que el cuerpo solo “recuerda” aquello que entrena una y otra vez.

Quizá por eso nunca vi la danza únicamente como movimiento. Siempre la entendí como un lenguaje. Un sistema de signos. Una sintaxis donde cada gesto, cada pausa y cada desplazamiento construyen significado tanto como una frase bien escrita.

Desde esa mirada me llamó recientemente la atención un fenómeno curioso: la convivencia incómoda entre el Pole Dancing y el Pole Sport.

Ambos utilizan exactamente el mismo elemento escénico: un tubo metálico vertical. Hasta allí llegan las semejanzas.

El Pole Dancing pertenece a una tradición donde el movimiento busca deliberadamente la seducción. No tendría sentido fingir lo contrario. Su historia está ligada al erotismo, al juego de las miradas y a la antigua capacidad del cuerpo para comunicar deseo antes incluso de pronunciar una palabra. No es una invención moderna.

La seducción bailada acompaña a la humanidad desde hace miles de años. Basta recordar a Salomé en el relato bíblico. No necesitó un tubo para convertir la danza en instrumento de fascinación. En la naturaleza ocurre algo parecido: numerosas especies convierten el baile en una estrategia de cortejo donde unas veces es la hembra quien seduce y otras el macho quien despliega su coreografía para conquistar a la pareja. El cuerpo lleva siglos hablando ese idioma.

Lo interesante aparece cuando observamos el nacimiento del Pole Sport. El tubo sigue siendo el mismo, pero el discurso cambia radicalmente. Aquí ya no interesa seducir. Interesa puntuar.

Las rutinas son evaluadas mediante reglamentos precisos, figuras obligatorias, grados de dificultad y criterios técnicos homogéneos. El intérprete deja de ser un bailarín para convertirse, casi, en un gimnasta especializado en desafiar la gravedad. Y entonces ocurre un fenómeno extraordinariamente humano. El Pole Sport parece vivir empeñado en demostrar que no es el Pole Dancing.

La diferencia ya no consiste únicamente en la ejecución técnica, sino en una cuidadosa operación simbólica. El vestuario se reglamenta. Los gestos se moderan. La expresividad se controla. Cualquier insinuación excesiva puede convertirse en una penalización. No basta con ejecutar una rutina impecable. También hay que convencer al jurado de que uno jamás intentó seducir a nadie. Resulta inevitable sonreír ante semejante paradoja.

Dos disciplinas abrazadas al mismo tubo dedican enormes esfuerzos a convencernos de que pertenecen a universos morales distintos. Una celebra el deseo. La otra administra cuidadosamente las apariencias para que nadie sospeche del deseo.

Quizá ambas tengan razón. Quizá simplemente respondan a propósitos diferentes. Pero no deja de ser curioso observar cómo una disciplina deportiva siente la necesidad permanente de explicar que ella no es “esa otra”.

Como si el tubo conservara una memoria propia. Como si el acero recordara todo aquello que los reglamentos intentan olvidar.

Confieso que las dos me resultan igualmente fascinantes. Una explora la capacidad del cuerpo para seducir. La otra explora su capacidad para dominar la gravedad. Las dos exigen fuerza, disciplina, entrenamiento y una técnica extraordinaria.

Solo cambia el relato que construimos alrededor del mismo movimiento. Y sospecho que allí está el verdadero espectáculo. No en el tubo. Sino en nuestra permanente necesidad de decidir cuándo el cuerpo produce arte, cuándo produce deporte… y cuándo, simplemente, nos recuerda que el deseo sigue siendo el más incómodo de todos los lenguajes.

Al final, no se trata del tubo. Se trata de la mirada. Y aprender a mirar sigue siendo uno de los ejercicios más difíciles del ser humano.

Tal vez, cuando una bailarina de Pole Dancing llegue al purgatorio, algún severo comité celestial le exija abandonar todo vestigio de erotismo antes de autorizar su ingreso al paraíso. Tendrá que transformar cada mirada insinuante en una impecable figura técnica, cambiar la seducción por la biomecánica y convencer a los ángeles de que jamás intentó despertar otra cosa que admiración atlética.

Solo entonces —después de suficientes repeticiones y una puntuación impecable— podrá ascender a la gloria. Allí descubrirá que los ángeles tampoco bailan Pole Dancing.

Al menos eso sostiene el reglamento celestial.

Amén.

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