Sabía que no vería otro. Los médicos lo habían dicho con la misma calma con que se anuncian los eclipses: todo es cuestión de tiempo, de órbitas que se cruzan una última vez. Así que ese mediodía salió de su casa con el teléfono en el bolsillo y una ansiedad tibia que le temblaba en las manos.
El parque estaba lleno de familias con lentes oscuros, fotógrafos con trípodes, niños sosteniendo cajas perforadas para atrapar la sombra del sol. Él se apartó del grupo. No tenía los filtros ni la cámara que había soñado comprar, solo su viejo celular, de pantalla astillada, y la necesidad de dejar constancia de lo efímero.
Cuando el cielo comenzó a volverse ceniza, intentó apuntar al astro, pero la luz lo cegó. Bajó el teléfono y vio un charco a sus pies: el eclipse se reflejaba allí, flotando sobre el agua, tembloroso y perfecto. Tomó la primera foto. En el reflejo también se colaban las ramas, un perro que cruzaba la calle y el rostro de un niño que lo miraba fijo. Levantó la vista: el niño ya no estaba.
Caminó hasta la esquina donde su novia lo esperaba con sus lentes oscuros.
—¿De verdad crees que se puede mirar el fin del mundo? —le dijo sonriendo.
Él la fotografió. El eclipse se redondeaba en los cristales y dentro de ellos aparecía su propio cuerpo inclinado, como si estuviera mirando desde otra vida.
En el parabrisas de un auto vio el sol dividido en franjas, deformado por el polarizado. Disparó otra vez. Por un instante creyó ver sombras detrás del vidrio: figuras que se movían dentro del reflejo, respirando una luz que no pertenecía a este mundo. Sintió miedo, pero también alivio. Si el eclipse mostraba lo invisible, quizá la muerte fuera solo eso: un reflejo visto desde otra superficie.
La oscuridad avanzó y el silencio cubrió la multitud. El aire cambió de temperatura.

Por un momento, todo pareció flotar fuera del tiempo. Él levantó el celular una última vez, no hacia el cielo, sino hacia las superficies que encontraba: un escaparate, una botella caída, el vidrio roto de una parada de autobús.
En cada reflejo, el eclipse repetía su boca negra devorando la luz. Cuando revisó las imágenes, no se reconoció. En una —no sabría decir cuál— aparecía su cuerpo tendido en la acera y gente corriendo alrededor.
La foto estaba borrosa, como si la hubiera tomado alguien más. Sonrió. Al fin había capturado la sombra que lo miraba desde el otro lado del eclipse.


