El último eclipse
Aunque el personaje es ficticio, su mirada estuvo alguna vez detrás de mis propios ojos, frente al eclipse
Aunque el personaje es ficticio, su mirada estuvo alguna vez detrás de mis propios ojos, frente al eclipse
Acostumbrados a los tiempos modernos, hemos olvidado que alguna vez el heroísmo no consistía en conquistar una ciudad, sino en conseguir regresar a casa
Un diálogo con Peter Handke, Homero y la propia experiencia para explorar esa jornada incierta en la que el mundo quizá no cambia, pero la mirada sí. Porque un día logrado no es una victoria sobre la vida, sino el instante en que aprendemos a navegarla de otra manera.
Algunos combaten el mundo hasta olvidar dónde comenzó la primera batalla. Entonces el arte deja de ser una vocación y se convierte, apenas, en otra manera de seguir respirando.
Leemos novelas, poemas y ensayos; pero terminamos coleccionando rostros, firmas y reliquias. ¿Por qué nos cuesta tanto creer que una obra pueda sostenerse sin el peso de su autor?
Entre el erotismo y el deporte apenas media un tubo de acero… y una enorme cantidad de convenciones culturales. El cuerpo permanece; quienes cambian somos nosotros y la historia que elegimos contar sobre él
Relato sobre un personaje cuya fuerza reside precisamente en su respiración rota, en esa mente que salta de Henrieta al barrio, del deseo a la rabia, de la ternura a la vulgaridad, de la pintura al hospital, de querer desaparecer a querer que alguien toque la puerta.
Cada reloj cuenta una historia distinta. Algunos hacen sonar campanas; otros dejan caer arena en silencio. Quizá todos intentan responder la misma pregunta, aunque ninguno consiga explicar del todo qué es el tiempo.
“Los perros cósmicos” no es solo un relato de ciencia ficción; es una disección lírica y satírica de la condición humana a través de la mirada extrañada de lo exterior. Desde la crónica sociológica desembocando en una intensa y conmovedora melancolía, el autor nos confronta con una verdad devastadora: tal vez la verdadera inteligencia cósmica reside en la capacidad de amar y callar, y no en el ruido estéril de nuestra propia grandeza.
La humanidad siempre tuvo bufones, vendedores de humo y charlatanes de feria. También artistas verdaderos. La diferencia es que ahora el antiguo pregonero tiene señal global, algoritmo y patrocinadores.